«Superficialicémonos».

«Superficialicémonos».

¿Cuántas veces nos hemos puesto profundos y hemos hablado de lo frágil que es la vida, de que hay que disfrutar cada momento, porque nunca se sabe…? ¿Cuántas? Muchas, ¿verdad? Y de esas veces, ¿cuántas ha saltado el tocapelotas de turno con la frasecita «joder, qué filosóficos nos hemos puesto»…?

Parece que da vergüenza cuestionarse cosas. La gente prefiere vivir de espaldas, agachar la cabeza o dirigir la cara a otro lado cuando mira a su alrededor. La gente prefiere quedarse frente al televisor viendo cómo un puñado de tontainas se pelea por demostrar quién la tiene más grande. ¿Para qué plantearse cosas profundas? ¿Para qué filosofar…? ¿No es la vida ya lo suficientemente dura como para amargarse con esas cuestiones?

«Superficialicémonos» todos. Sí, será lo mejor. Hagamos de nuestra vida sólo un escaparate: guardémonos todos la mierda y que los demás sólo nos vean con la sonrisa falsa en la cara, como si nos la hubiesen estirado con una coleta. Como si nos hubiesen pegado las comisuras de los labios a los lóbulos de las orejas.

Lo que ocurre, lo peor de todo esto y que nadie o casi nadie quiere siquiera plantearse, es que esta vida es, en efecto, muy frágil. Sin embargo, uno no la valora hasta que realmente ésta se le presenta enfrente, le mira a los ojos y le abofetea la cara ―porque ella es frágil, pero inexorable. Y de ningún modo «puta», como se suele decir. No es puta, es severa. Y justa: cobra sus tributos cuando no hemos sabido administrárnosla―.

Es frágil, sí. Y de estar completamente llenos de ella, en cuestión de milésimas de segundo podemos perderla. Sólo quienes han estado al borde de esa línea saben lo que es eso. Los demás sólo filosofan o se ponen profundos mientras se fuman un porro o se ponen tibios de ginebra.

Quienes se han encontrado con ella cara a cara, bofetada incluida, conocen perfectamente cuán frágil es, y aprenden a valorarla. Y aprenden también que no puede perderse el tiempo haciendo el gilipollas, como si fuésemos a vivir eternamente. Y saben además que, bofetada tras bofetada, lo que hay que hacer es aprender de ellas e intentar ser mejores personas, precisamente para hacer que las «vidas» de los demás sean más fáciles. Porque hacer más fácil la existencia de un semejante es, sin duda, uno de los encantos más placenteros que nos podemos regalar a nosotros mismos. Sí. Aunque sólo sea por el puro egoísmo de sentirnos bien con nosotros mismos, es imprescindible que, al menos, intentemos hacer felices a los demás.

No es fácil. No, no lo es. Siempre es más agradable mirarnos el ombligo y actuar según nuestra propia conveniencia. Pero hay que intentarlo. «Vive y deja vivir». Ese ha sido siempre, y lo sigue siendo, uno de mis dos lemas preferidos.

El otro es «No hay mal que por bien no venga».

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Los textos contenidos en este post están protegidos por derechos de autor. © Ángel Román Ramírez (2015-2016).

 

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Como árbol que muda las hojas.

Como árbol que muda las hojas.

La competitividad es consustancial a la Naturaleza. En la selva los animales viven y conviven constantemente en lucha por la supervivencia, lo cual es extrapolable al sistema de vida que llevamos los seres humanos. En nuestra naturaleza está también el competir. Y no como un deporte o un simple juego, espero que eso se haya entendido. Digo ‘competir’ en la vida real. Poca gente se alegra por los logros del prójimo. Y estaba pensando justamente ahora: “los seres queridos sí”. ¿Seguro…? Alguno habrá, claro. Pero ¿quién no tiene un familiar que tuerce la boca a modo de mueca, haciendo como que sonríe, cuando oye o ve los logros conseguidos, mientras que se va corroyendo por dentro inflado de una amarga envidia? Quien diga que no, miente.
Ante esta situación, la de la competitividad, hay personas que, por suerte o por desgracia (más bien por desgracia), posee un umbral de sensibilidad bastante más vulnerable que el de la mayoría. Estas personas sufren mucho, ya que no sólo les hace daño el grueso social, sino que para colmo tienen una capacidad empática superior al resto de la media y, en consecuencia, lo pasan mal también cuando son sus semejantes quienes sufren. Vamos, gente que si fuesen monos, ciervos o cebras, durarían dos días en el mundo salvaje… porque se los comerían vivos. Literalmente.

No literalmente, pero sí en sentido figurado, estas personas extremadamente sensibles son devoradas por la manada, siempre agresiva (porque, en general, el ser humano promedio no es especialmente agresivo, siempre y cuando no interactúe con la masa, con la manada). El caso es que los extremadamente sensibles se ven acorralados en buen número de ocasiones. Y ellos no tienen cómo defenderse, puesto que las armas sociales no han sido creadas para ellos. No cabe otro recurso que la paciencia, el intentar adaptarse, e incluso convertirse en un hipócrita*; porque la manada es muy astuta y huele tus debilidades a la legua… y se aprovecha de ello.

Ser un hipócrita para sobrevivir… o no serlo y sucumbir a los depredadores. O quizá buscar un término medio, sufrir lo justo, pero manteniéndote firme a tus principios (como el árbol que muda las hojas, pero mantiene sus raíces. Es decir, nunca cambies tus principios: si son buenos, te mantendrás fuerte; si son malos, te caerás por ti mismo. Como el árbol). En mi opinión es más loable ser paciente antes que hipócrita. Lo que ocurre es que la paciencia, tarde o temprano, se agota.

En fin… Qué le vamos a hacer. Es lo que nos ha tocado vivir. Somos bufones dentro de una inmensa pantomima.
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(*) La palabra Hipócrita procede del griego antiguo y literalmente significa más o menos actor, pantomimo. Por extensión, falso, mentiroso.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016. Imagen destacada: Brooke Shaden. Foto: Jean-Claude Sanchez.

 

Ley Natural.

Ley Natural.

Dos terribles noticias leo hoy: la extinción definitiva de una especie animal y la inminente posibilidad de extinción de otra.

Nosotros, los seres humanos, que somos el futuro de nuestros antepasados, no sólo no hemos llegado a la cúspide de la civilización, sino que estamos en la época más salvaje que jamás hayamos vivido. Destruyendo, aniquilando, incendiando, contaminando, explotando, derrochando o malgastando los recursos que nos brinda la Naturaleza; y no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo) que con nuestra actitud lo que hacemos es allanar el camino hacia nuestra propia extinción.

En realidad, por mucho que no lo queramos y por muy civilizados que pretendamos ser, seguimos siendo animales. Incluso más salvajes… pues los animales roban, matan, se arrastran o reptan (que no es lo mismo), trepan, pisan a quienes se interpongan en su camino e incluso sodomizan a otros (si eso les reporta algún tipo de beneficio), por instinto de supervivencia. De manera inconsciente. Nosotros, en cambio, hacemos lo mismo conscientemente, sabemos las posibles consecuencias de nuestros actos. La “civilización” no es más que un escenario del que todos formamos parte y actuamos según nuestro rol. Con la civilización buscamos el diferenciarnos de los animales, buscamos desnaturalizarnos, pero en último término todo se reduce a una colosal farsa.

En efecto, estamos allanando el camino hacia nuestra propia extinción. Pero no la de la propia Tierra: a la Tierra aún le quedan unos cuatro mil millones de años de vida. Tendrá tiempo de sobra para restablecerse y curarse a sí misma cuando nosotros hayamos desaparecido. Dejaremos un tumor grande, sí… sin embargo, no seremos capaces de convertirla en una simple roca muerta más vagando por el Universo. Se curará.

Porque cuando el último ser humano exhale su último hálito de vida implorando por un pedazo de fruta o un sorbo de agua, aún quedará algún rincón donde todavía brote la hierba. Y, con paciencia y tiempo, el planeta se recompondrá… de tal forma que en algún momento de un lejanísimo futuro, alguna forma nueva de vida, que ahora no alcanzamos a imaginar, abrirá los ojos y verá, por primera vez en muchos milenios, la luz del sol.

Ahí comenzará de nuevo el ciclo. Acción-reacción. Ley Universal.

Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Primera Parte.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Primera Parte.

Imagina que estás viendo una película en el cine. Da igual si es de acción, de terror, romántica o cómica. Lo que ves con tus ojos, sin artilugios tecnológicos, está en dos dimensiones, ¿no es así? Sin embargo, los personajes que actúan en ella sí se encuentran en un mundo tridimensional. Aunque una peli es ficción, ellos representan sus papeles en el mundo real: las mesas son mesas, los coches son coches; las farolas, farolas; los actores, personas…

Imagina ahora que esos personajes, la historia que nos cuentan, sus reacciones, sus lágrimas, sus saltos, sus disparos, sus risas… fuesen reales. Imagina que ellos estuviesen viviendo realmente lo que tú estás observando sin que ellos lo supieran. Pues bien, esta circunstancia, a grandes rasgos, es lo que trata de explicar un estudio relacionado con el Universo: como consecuencia de la Teoría de Cuerdas y la Teoría Cuántica, quizá nosotros no seamos “reales”. Puede que no seamos más que una “proyección” holográfica, una “película cósmica” que encuentra su modelo real en otro Universo. Inquietante, ¿verdad?

¿Qué ocurriría si de repente llegase un ser no-humano y nos dijese que nosotros somos proyecciones de “dos dimensiones” de otro Universo del que él provendría, el “verdadero”…? Lo trataríamos como a un loco ¿no es cierto? Es como si nosotros pudiésemos comunicarnos con los actores de la película que estamos viendo e intentásemos convencerles de que ellos no están viviendo una historia real, sino una simple imitación. En efecto, según la Teoría de Cuerdas, no somos más que una pintura en un colosal lienzo cósmico.

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Algo así le ocurrió al protagonista de la Alegoría de la Caverna platónica: cuando logró romper las cadenas que le mantenían atado al mundo sensible y consiguió salir a la superficie, pudo darse cuenta de que durante toda su vida no había hecho más que observar “sombras”, es decir, simples proyecciones de los objetos reales… Y cuando intentó explicárselo a sus compañeros para liberarlos de sus cadenas, éstos se rieron de él e incluso conspiraron para asesinarlo por tratar de convencerles de tamaña locura.

Hoy, veinticinco siglos después de Platón, un sector de la Ciencia defiende la hipótesis de que, en efecto, vivimos en una realidad “falsa” que no somos capaces de apreciar, dado que es en esta realidad donde nos hemos criado y desarrollado como especie… pero que en realidad, no es sino una proyección, una película que “imita” la verdadera realidad, una realidad que jamás llegaremos a comprender. Es decir, vivimos en el mundo sensible, mientras que el mundo racional, el real, es otro.

¿Cuántas veces, a lo largo de tu vida, has tenido la sensación de que eres el protagonista de una película y de que alguien te está observando? ¿Será ese alguien lo que la Humanidad ha convenido en llamar Dios…?

Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.

Música comercial: ¿negocio de almas?

Música comercial: ¿negocio de almas?

Mousiké (μουσική) es el término que los griegos empleaban para denominar al “Arte de las Musas”. En este sentido, la Música es tan antigua como el ser humano —el hombre de Neandertal fabricaba flautas con huesos de animales hace cuarenta mil años—. Sin embargo, no ha habido jamás en la Historia una época en la que la Música haya sido tan vilipendiada ni tan prostituida como lo está siendo en los últimos tiempos. La Música es una de las formas de expresión del sentimiento humano más importantes y cuando un autor hace de sus composiciones un puro producto de marketing, lo que hace en realidad es vender su propia alma. La música comercial de los últimos veinte años es bazofia: encendemos el televisor o la radio y no oímos más que vomitivos sonsonetes que parecen haber sido elaborados en una fábrica de galletas. Del “te necesito como al aire”, del “no sé vivir sin ti” o del “ladrón, que me has robado el corazón” no son capaces de salir las privilegiadas mentes pensantes, las cuales no sé qué buen día decidieron que la gente es tonta…

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Flauta hallada en la cueva de Divje Babe, Eslovenia. Pertenece al Hombre de Neandertal (45 000 años).

 

Aunque, para ser sinceros, es verdad que el público también tiene parte de culpa, porque si en un momento dado consume un determinado tipo de música, a las mentes pensantes se les enciende una bombillita y se dedican a fabricar clones de la célula madre, sin ton ni son (nunca mejor dicho): “si A funciona, multipliquémosla hasta la saciedad; y cuando ya todo el mundo esté empachado de A, les daremos B y también la clonaremos, y así sucesivamente”. Me pregunto qué ocurrirá cuando se acabe el abecedario.

El hecho de que el público en general —resultado del fortísimo condicionamiento social al que estamos sometidos— y el joven en particular se decante por un estilo musical que provoca náuseas, es el principal argumento que emplean las mentes pensantes para defenderse: “le damos al público lo que demanda”. A mi entender, esto no es más que palabrería, porque ¿qué va a demandar un público joven que no tiene opción? Si a los jóvenes les ofrecen siempre comida basura, al final termina gustándoles la comida basura. Pero si alguno se niega a tragarse el cutrerío, han de buscarse una alternativa que no le ofrecen, sino que debe encontrar solo (bastante difícil, sin la ayuda adecuada). Y, de repente, se encuentra sumergido en un universo paralelo, ajeno al grupo que baila y canturrea “te necesito como al aire”, “no sé vivir sin ti” o “ladrón, que me has robado el corazón”.

“Música comercial” es un eufemismo sinónimo de “canción galletera”, o sea, un elenco casi infinito de canciones que parecen haber salido del mismo molde o célula madre. Además es fácil de reconocer. Su estructura consiste en:

– una pequeña introducción instrumental,
– dos (quizá tres) estrofas,
– y el estribillo;
– a continuación, otra estrofa,
– un interludio instrumental con el clásico punteo de guitarra,
– y de nuevo el estribillo, que se repite hasta el final.

Normalmente, la canción galletera suele durar entre dos y cuatro minutos, ¡y gracias a que dura sólo eso! Melódicamente indescriptibles, armónicamente pobres, rítmicamente simples y líricamente horrendas. Hay que reconocer que algún que otro arreglo es bueno, pero no es más que un pequeño guiño de los excelentes profesionales que hay detrás de los instrumentos, ésos que nunca salen por la tele, cubiertos de una eterna penumbra, porque quien debe recibir toda la atención es el o la cantante de turno (¿o porque aquéllos mismos exigen permanecer en el anonimato para preservar su dignidad?).

Restringir la Música a un puñado de segundos y a una más que exigua estructura formal es como intentar resumir la Historia del Arte en un folio DIN A4. Desde la perspectiva comercial, para que una canción funcione debe captar la atención del consumidor en los primeros veinte segundos (este hecho está perfectamente estudiado). Que le dijeran eso ahora a Borodin o al mismísimo Wagner, que hablaba de melodías infinitas. O, ya más cerca de nuestra época, imagínense si tal aberración la hubiesen tenido en cuenta los de Queen para componer The Prophet’s Song; o los Dire Straits para Telegraph Road; o Pink Floyd para su Atom Heart Mother.

¡Démosle libertad a la Música! Erradiquemos de una vez por todas la cancioncilla tetraminutada y reconciliémonos con nuestra propia naturaleza, ya que la Música es inherente al hombre. Devolvámosle a la Música su propio lenguaje (originariamente se usó como vehículo de comunicación, incluso antes que la palabra o el lenguaje iconográfico); no la usemos de colchón para las mamarrachadas que se oyen por ahí.

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Detalle de un relieve del palacio de Senaquerib, en Nínive (finales del siglo VIII a.C.). En lugar de un plectro para pulsar las cuerdas, los músicos usan baquetas para golpearlas, del mismo modo a como se tañe actualmente el Dulcimer, por ejemplo.

La Música, por sí misma —y que me perdone el señor Stravinsky, doquiera que esté—, sugiere muchas cosas. Sin menospreciar al texto, la música instrumental deja volar la imaginación del oyente, llevándole a los más ignotos lugares, a los que la letra no llega. En este contexto, el compositor debe tener en cuenta que, si lo que pretende es acotar el universo que está creando, debe usar un título evocador, o bien dotar a su creación con una historia en forma de poema. Es decir, si yo quiero que mi oyente se introduzca en un mundo de hadas y elfos, debo escribir una letra que incluya hadas y elfos. En cambio, si no atribuyo a mi obra un soporte visual o literario, el oyente la entenderá hasta donde le deje su imaginación (que no es poco).

Ejemplo práctico de esto: la Musica Ricercata nº VII para piano de György Ligeti (compositor fetiche de Stanley Kubrik en 2001, Odisea Espacial o en Eyes Wide Shut). La citada obra presenta un ostinato —repetición constante de una secuencia de notas— en la mano izquierda (graves), mientras que con la derecha (agudos) se ejecuta una melodía “saltarina”, tocada casi como si las teclas quemaran, que en principio sólo viene conformada por notas sueltas las cuales van alternándose con acordes a medida que avanza el tema. Por lo extremadamente repetitivo del ostinato (en castellano, “obstinado”), llega un momento en que prácticamente te olvidas de él y sólo atiendes a la melodía.

 

 

La primera vez que la escuché, pensé en un día de lluvia. Las notas de la mano derecha parecían caer como las gotas de agua lo hacen desde una cornisa. A otros compañeros le venían imágenes del cosmos, o de paisajes naturales… Pero Ligeti en realidad no buscaba nada de eso. Simplemente compuso una “sucesión de sonidos” que no pretendía significar más allá de lo estricta y estéticamente musical. Ahora bien, si esta pieza hubiese sido presentada acompañando a una imagen, a una película, o si sencillamente hubiese tenido letra, nadie se habría planteado su significado más allá de lo proyectado por la imagen o por el poema. La música desnuda presenta una sucesión de sonidos objetivos que nosotros interpretamos como nos da la real gana. Representa un significante con infinidad de significados, tantos como receptores subjetivos haya. La música sin letra evoca una suerte indefinida de ideas que trasciende mucho más allá de lo que pueden expresar las palabras.

Claro está, que si usamos la metáfora como recurso, la misma letra nos puede trasladar a varios mundos. La poesía y la literatura deben ocupar siempre un lugar central en el pensamiento del músico y la metáfora es quizá el recurso literario que más se puede acercar a lo excelso de la música, porque puede hacernos viajar, a mi entender, a varios niveles: el significante o literal (que podríamos clasificar como el primer nivel), el semántico del autor (es decir, el mensaje que el propio autor ha querido transmitir) y el significado que finalmente quiera darle el receptor. Aún así, el texto continuará teniendo serios límites, si bien es absolutamente lícito; por lo que no es óbice para que podamos honrar nuestra composición musical con un buen poema, ya propio, ya ajeno.

No obstante, no valen los recursos fáciles, no deben usarse términos demasiado manoseados, ni palabras trilladas, ni hacer rimas con terminaciones verbales, que es lo más cómodo y lo más insípido. Preocupémonos por tratar los temas poéticos con respeto, tratemos temas más profundos. El amor y el desamor están muy bien, pero llega un momento en que se vuelven un coñazo. Hay temas como la Guerra, la Injusticia, la Mitología o la Naturaleza que encierran historias verdaderamente apasionantes y parece que sólo están destinadas a un reducido número de cantautores y otros compositores “alternativos”. ¿Por qué nadie quiere oír la verdad, ni siquiera en forma de canción? ¿Por qué en este mundo cada vez más individualista nadie es capaz de pararse a reflexionar? ¿Es que todo lo que vende ha de ser lo más burdo, lo más soez, lo más ordinario? ¿Está reñida la diversión con el buen gusto?

Ya en el siglo VIII antes de Cristo un poeta cantor llamado Homero explicaba que él contaba sus historias acompañado de su lira para que la gloria de los héroes antiguos nunca quedase relegada al olvido. Él mismo consiguió que la Humanidad siempre le recordase. ¿No es eso lo más importante en la existencia? ¿Qué sentido tiene la vida de un músico, de un poeta, de un pintor o de un escultor, si no es el de permanecer en el recuerdo colectivo por su aportación al Arte?

¡Ah, el Ser Humano! Capaz de crear las más sublimes maravillas para solaz de los sentidos, y al mismo tiempo capaz de masacrar impunemente a sus iguales con la única excusa de enriquecer sus bolsillos… capaz de entregar su vida para salvar las vidas de otros y, al mismo tiempo, capaz de vender su propia alma a cambio de una gloria efímera, que morirá con él y que será barrida y desechada junto a otras escorias del Tiempo.

A Homero se le recuerda después de casi treinta siglos. Si no nos hemos autodestruido dentro de otros treinta siglos, ¿a quién recordarán nuestros descendientes…?

Texto: © Ángel Román Ramírez (2007/2016).
Foto de portada: Arpistas ciegos en el antiguo Egipto. Existe la posibilidad de que en la Odisea de Homero haya influencias egipcias. Una de ellas es el hecho de que uno de los aedos homéricos que canta en los banquetes reales de Feacia (llamado Demódoco), fuese ciego -rasgo que de la misma forma le fue atribuido al propio Homero-, al igual que ocurría en los banquetes de las élites egipcias. Véase J.M. Galán: “La Odisea desde la Egiptología”, en Gerión, nº 19, 2001 (pp. 75-97). Véase también Ángel Román Ramírez (2012).

Laertíada.

Laertíada.

Acompañado de su lira, el bardo cantó el poema en aquel palacio regentado por el legítimo descendiente del valiente rey que en su día fuera capaz de plantar cara al mismísimo Hércules.  Tras su actuación, el poeta reparó en que un hombre, al que jamás había visto, rompió en llanto —según dijo, porque algunos pasajes del poema que interpretó le habían recordado a una parte muy amarga de su vida—.

El rey, que en ningún momento perdió detalle de la escena, instó al extranjero a que les relatara dichas penurias. Así, cuando hubo enjugado sus lágrimas, el hombre desconocido tomó aliento y accedió.

Fue una historia que dejó impresionados a todos los allí presentes, incluido el bardo. Tanto, que cuando el rey ordenó que todas aquellas personas se retirasen a descansar —pues ya era noche avanzada—, el poeta se acercó al extranjero y le habló así:

—He escuchado atentamente tu historia, extranjero. Debo decirte que ha causado en mí tanta impresión, que he pensado componer un poema con ella. ¿Me concedes tu permiso?

—Sin duda, amigo poeta. Crea ese poema, cántalo para que el mundo sepa cuánto he sufrido y las penurias que he vivido y cómo de ellas salí airoso. Así, todos me recordarán cuando yo haya bajado al Hades, si bien tu poema hará que se me recuerde por toda la Eternidad.

—Eso haré, pues —respondió el bardo satisfecho—. ¿Puedo saber tu nombre, extranjero?

—Claro, querido amigo —dijo, mientras tocaba amistosamente el hombro del bardo para mostrarle su afecto, ya que éste no podía ver su sonriente rostro, debido a su ceguera—. Mi nombre —concluyó— es Odiseo Laertíada, rey de Ítaca.

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Texto: © Ángel Román Ramírez, 2010. Extraído de la novela inédita Los Escribas del Tiempo (Relato de Tartessos), p. 47.

Casilla de salida.

Casilla de salida.

Vio a lo lejos, en medio de la noche, la luz del tren que esperaba. Cada vez más cerca…

Al mismo tiempo, en otra parte del mundo, alguien caminaba por un vasto desierto. A medida que se acercaba el tren, el desierto parecía ir tragándose al caminante. Y justo cuando el tren llegó a la estación, el caminante del desierto fue engullido por la arena.

El viajero del tren allí quedó, sentado en el andén, junto a la vía, viendo cómo éste se le escapaba. El caminante del desierto, en cambio, cayó a través de un tubo a otro desierto, en otro mundo diferente.

Ambos eran la misma persona. El caminante no sabía que el suelo movedizo que pisaba no era otra cosa que el contenido de un inmenso reloj de arena. El Tiempo le había engullido; su tren había pasado.

Estaba de nuevo en la casilla de salida.

El texto contenido en este post está protegido por derechos de autor. © Ángel Román Ramírez (2016).