Asteroide.

Asteroide.

El Asteroide, atraído por la majestuosa Tierra, se acercó a ella. No obstante, la Tierra pronto le rechazó:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un planeta con un satélite sobre el cual ejerzo mi poder?

El Asteroide, triste, se alejó de ella. Tiempo después vio al Sol. Cuando quiso acercarse a él, éste dijo:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un Astro con un poder tan inmenso que todos estos planetas dependen de mí…?

Contrariado, el Asteroide siguió su curso. Mucho tiempo después, comprobó que el Sol no era más que un ínfimo punto de luz que se confundía entre miles de millones de otros soles dentro de la Galaxia, de la que todos ellos dependían. Y no solo comprobó eso: también se dio cuenta de que aquella Galaxia era más bien mediocre en comparación con otras galaxias que vagaban por el Universo.

Esbozando una leve sonrisa en la cara, el Asteroide continuó viajando, como siempre lo había hecho y como siempre lo seguiría haciendo, hasta el final de los tiempos. Él no tenía el «poder» que tenían los demás astros del Firmamento… Pero sí tenía algo de lo que ellos carecían: la Libertad.

© Ángel Román Ramírez (17/03/2013).

El Observador (microcuento).

El Observador (microcuento).

Él la observaba. Siempre estaba allí y todos los días la veía pasar más o menos a la misma hora. La veía salir de su casa y, en función de dónde hubiese aparcado el coche, dirigirse a la derecha, a la izquierda o al frente. A veces tenía suerte y lo estacionaba justo en la puerta.

Siempre sobre las ocho de la mañana. Él la imaginaba trabajando en alguna oficina, simplemente porque solía llevar el pelo recogido, aunque algunos días, cuando no hacía mucho viento, ella le regalaba la vista dejando su pelo suelto. Las gafas de pasta negra le daban un toque intelectual y además hacían juego con el estilo de vestir que solía llevar para trabajar, el cual, por cierto, nada tenía que ver con su ropa de fin de semana. Los martes, jueves y viernes volvía con ropa de deporte, quizá la llevase dentro de aquella mochila con la que los martes, los jueves y los viernes, salía de casa.

En el resto del día no la volvía a ver hasta más o menos las nueve de la noche. A veces regresaba con gesto serio, otras sonriendo.

No la conocía, ella apenas paraba por aquel barrio: tal vez fuera el lugar donde vivía, pero no en el que hacía su vida. ¡Tan guapa…! Con aquellos ojos negros y aquellas pequeñas arruguitas en la comisura de los labios que le hacían sonreír, casi sin darse cuenta. De cara fina y pómulos resaltados (que ella bien sabía y maquillaba para realzarlos más aún)…

Ni siquiera sabía su nombre y, sin embargo, la amaba. Las primeras veces ni se fijó en ella; para él, era una chica normal, de unos treinta y tantos, una curranta más que pasaba por allí. En cambio, desde el día que regresó llorando, sobre las nueve de la noche, él alzó la cabeza y por primera vez reparó en sus ojos, en su cuerpo, en su manera de respirar. Desde entonces no la vio llorar nunca más, por lo que le resultaba curioso que fuese precisamente aquel detalle el que hizo que le prestase atención por primera vez. Era como si aquel día la tristeza los conectase (algo muy raro, pensaba).

Seis meses eran los que transcurrieron desde aquella primera vez. Y durante ese tiempo, jamás se atrevió a acercarse, ni a hacerse el encontradizo, o simplemente plantarse delante de ella y ofrecerle un café. No era capaz, sentía que él no pertenecía a su mundo, como si viviesen en planos astrales distintos, en dimensiones diferentes.

Y tenía razón: llevaba quince años muerto.

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Ángel Román Ramírez (16/02/2017).

El «camino recto».

El «camino recto».

Muchas veces nos empecinamos en continuar por la carretera que aparentemente lleva a nuestro ansiado destino, sin tener en cuenta las indicaciones que nos van apareciendo durante el trayecto. Y, de hecho, eso hace que pinchemos en repetidas ocasiones. El camino no es nada fácil en ciertos aspectos considerados «socialmente» importantes.

Por eso hay que llevar repuestos. Y además, aunque de aquellos pinchazos salgamos maltrechos, de todos ellos debemos aprender algo. Es obligatorio, sobre todo para saber en qué lugar de la carretera está el bache o la puntilla que nos hizo pinchar la última vez.

Hay que coger ramales diferentes de vez en cuando. Porque el «camino recto» que se supone que debemos seguir, no siempre nos viene bien a todos. Y los giros, que no sean de 360º (lo cual sería absurdo), y tampoco de 180º (¿dar media vuelta, para qué?)…, sino de 270. O tal vez de 90.

En fin, ya lo dijo Einstein:

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© Ángel Román Ramírez, 2017.

Microcuento.

Microcuento.

Desde lo alto de aquel risco sentía que tenía el Universo entero ante sí. Miraba hacia abajo y todo le parecía tan pequeño, tan insignificante, tan nimio, tan mediocre… Se hallaba en un estadio tan alejado de todo aquello… Sentía que el mismísimo Firmamento era un enorme océano en el que podría zambullirse siempre que quisiera, nadar, bucear, jugar incluso hasta la locura en sus profundidades; para después salir y regresar al plano en el que ahora se encontraba. Y no se lo pensó dos veces.

Eso era lo que más le gustaba y lo que le diferenciaba del resto: mientras los demás no eran capaces de salir a la superficie, pues no veían más allá de sus narices (¿cómo le explicarías a un pez que más allá de su mundo abisal existe otro mucho más grande?) él, sin embargo, sabía que podía sumergirse y confundirse entre aquellos, pero que también era capaz de volver a su plano más elevado y departir con quienes con él convivían.

No era, ni mucho menos, un dios; ni siquiera una deidad; no es que hubiese muerto y se encontrase en otro plano espiritual… no. Estaba muy vivo. Quizá demasiado vivo. Lo que realmente ocurría es que él sí había conseguido despertar.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Segunda Parte.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Segunda Parte.

Si existieran los viajes en el Tiempo, sería como dar hacia atrás o hacia adelante en un reproductor de DVD: podríamos ser testigos de los acontecimientos, pero no modificarlos. De este modo, la típica Paradoja del Tiempo (la cual cuestiona qué ocurriría con un viajero del Tiempo que regresara al pasado e impidiese su propia concepción), no tendría sentido.

Lo que ya ha ocurrido no es susceptible de ser modificado: las causas y las consecuencias fueron las que fueron en aquel momento y en aquel lugar determinado. Y en cuanto lo que está por venir, tampoco puede cambiarse, porque cuando consideramos que “hemos cambiado” nuestro futuro o nuestro Destino al optar por una dirección diferente a la que en principio creímos que íbamos a tomar, en realidad no cambiamos nada; pues nuestro Destino era, precisamente, tomar esa nueva dirección.

Por otro lado, y según lo entiendo yo, la Mecánica Cuántica explica que nosotros mismos formamos parte de esa película; que hay muchas copias de la misma, y que lo que nosotros consideramos “pasado” o “futuro” en nuestra película, puede ser el “presente” en otra copia en algún lugar del Universo.

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Teniendo esto en cuenta, me pregunto: ¿y si estas películas tuviesen “observadores”? ¿Querrían, podrían o sabrían comunicarse con nosotros? Y en caso afirmativo, ¿Seríamos capaces de captar sus mensajes? ¿Puede alguien comunicarse con los personajes de una película y que ellos le oigan, como en “La Historia Interminable” de Michael Ende…? 

Quizá estemos recibiendo esos mensajes y no nos demos cuenta; o tal vez sus manifestaciones sean aquellas que hemos convenido en llamar “paranormales”.  O quizá esos “observadores” representen a una civilización infinitamente superior a la nuestra y piensen que no les merece la pena.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.

«Superficialicémonos».

«Superficialicémonos».

¿Cuántas veces nos hemos puesto profundos y hemos hablado de lo frágil que es la vida, de que hay que disfrutar cada momento, porque nunca se sabe…? ¿Cuántas? Muchas, ¿verdad? Y de esas veces, ¿cuántas ha saltado el tocapelotas de turno con la frasecita «joder, qué filosóficos nos hemos puesto»…?

Parece que da vergüenza cuestionarse cosas. La gente prefiere vivir de espaldas, agachar la cabeza o dirigir la cara a otro lado cuando mira a su alrededor. La gente prefiere quedarse frente al televisor viendo cómo un puñado de tontainas se pelea por demostrar quién la tiene más grande. ¿Para qué plantearse cosas profundas? ¿Para qué filosofar…? ¿No es la vida ya lo suficientemente dura como para amargarse con esas cuestiones?

«Superficialicémonos» todos. Sí, será lo mejor. Hagamos de nuestra vida sólo un escaparate: guardémonos todos la mierda y que los demás sólo nos vean con la sonrisa falsa en la cara, como si nos la hubiesen estirado con una coleta. Como si nos hubiesen pegado las comisuras de los labios a los lóbulos de las orejas.

Lo que ocurre, lo peor de todo esto y que nadie o casi nadie quiere siquiera plantearse, es que esta vida es, en efecto, muy frágil. Sin embargo, uno no la valora hasta que realmente ésta se le presenta enfrente, le mira a los ojos y le abofetea la cara ―porque ella es frágil, pero inexorable. Y de ningún modo «puta», como se suele decir. No es puta, es severa. Y justa: cobra sus tributos cuando no hemos sabido administrárnosla―.

Es frágil, sí. Y de estar completamente llenos de ella, en cuestión de milésimas de segundo podemos perderla. Sólo quienes han estado al borde de esa línea saben lo que es eso. Los demás sólo filosofan o se ponen profundos mientras se fuman un porro o se ponen tibios de ginebra.

Quienes se han encontrado con ella cara a cara, bofetada incluida, conocen perfectamente cuán frágil es, y aprenden a valorarla. Y aprenden también que no puede perderse el tiempo haciendo el gilipollas, como si fuésemos a vivir eternamente. Y saben además que, bofetada tras bofetada, lo que hay que hacer es aprender de ellas e intentar ser mejores personas, precisamente para hacer que las «vidas» de los demás sean más fáciles. Porque hacer más fácil la existencia de un semejante es, sin duda, uno de los encantos más placenteros que nos podemos regalar a nosotros mismos. Sí. Aunque sólo sea por el puro egoísmo de sentirnos bien con nosotros mismos, es imprescindible que, al menos, intentemos hacer felices a los demás.

No es fácil. No, no lo es. Siempre es más agradable mirarnos el ombligo y actuar según nuestra propia conveniencia. Pero hay que intentarlo. «Vive y deja vivir». Ese ha sido siempre, y lo sigue siendo, uno de mis dos lemas preferidos.

El otro es «No hay mal que por bien no venga».

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Los textos contenidos en este post están protegidos por derechos de autor. © Ángel Román Ramírez (2015-2016).

 

Como árbol que muda las hojas.

Como árbol que muda las hojas.

La competitividad es consustancial a la Naturaleza. En la selva los animales viven y conviven constantemente en lucha por la supervivencia, lo cual es extrapolable al sistema de vida que llevamos los seres humanos. En nuestra naturaleza está también el competir. Y no como un deporte o un simple juego, espero que eso se haya entendido. Digo ‘competir’ en la vida real. Poca gente se alegra por los logros del prójimo. Y estaba pensando justamente ahora: “los seres queridos sí”. ¿Seguro…? Alguno habrá, claro. Pero ¿quién no tiene un familiar que tuerce la boca a modo de mueca, haciendo como que sonríe, cuando oye o ve los logros conseguidos, mientras que se va corroyendo por dentro inflado de una amarga envidia? Quien diga que no, miente.
Ante esta situación, la de la competitividad, hay personas que, por suerte o por desgracia (más bien por desgracia), posee un umbral de sensibilidad bastante más vulnerable que el de la mayoría. Estas personas sufren mucho, ya que no sólo les hace daño el grueso social, sino que para colmo tienen una capacidad empática superior al resto de la media y, en consecuencia, lo pasan mal también cuando son sus semejantes quienes sufren. Vamos, gente que si fuesen monos, ciervos o cebras, durarían dos días en el mundo salvaje… porque se los comerían vivos. Literalmente.

No literalmente, pero sí en sentido figurado, estas personas extremadamente sensibles son devoradas por la manada, siempre agresiva (porque, en general, el ser humano promedio no es especialmente agresivo, siempre y cuando no interactúe con la masa, con la manada). El caso es que los extremadamente sensibles se ven acorralados en buen número de ocasiones. Y ellos no tienen cómo defenderse, puesto que las armas sociales no han sido creadas para ellos. No cabe otro recurso que la paciencia, el intentar adaptarse, e incluso convertirse en un hipócrita*; porque la manada es muy astuta y huele tus debilidades a la legua… y se aprovecha de ello.

Ser un hipócrita para sobrevivir… o no serlo y sucumbir a los depredadores. O quizá buscar un término medio, sufrir lo justo, pero manteniéndote firme a tus principios (como el árbol que muda las hojas, pero mantiene sus raíces. Es decir, nunca cambies tus principios: si son buenos, te mantendrás fuerte; si son malos, te caerás por ti mismo. Como el árbol). En mi opinión es más loable ser paciente antes que hipócrita. Lo que ocurre es que la paciencia, tarde o temprano, se agota.

En fin… Qué le vamos a hacer. Es lo que nos ha tocado vivir. Somos bufones dentro de una inmensa pantomima.
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(*) La palabra Hipócrita procede del griego antiguo y literalmente significa más o menos actor, pantomimo. Por extensión, falso, mentiroso.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016. Imagen destacada: Brooke Shaden. Foto: Jean-Claude Sanchez.