The Prophet’s Song.

The Prophet’s Song.

Canción apocalíptica, épica en el sentido más estricto. La compuso Brian May inspirándose en un sueño que tuvo algunos años antes, relacionado con el Diluvio Universal.

La introducción instrumental ya indica que lo que nos disponemos a escuchar es una historia cantada digna de los antiguos bardos, una epopeya como la de Gilgamesh (en la cual se inspiró a su vez el redactor bíblico para su Diluvio).

El efecto del “viento” del comienzo no es otra cosa que el aire expulsado por la máquina que enfriaba la sala, grabado a través de un micro con efectos. Pero lo más sorprendente de esta intro es que el koto que May usó no era un instrumento japonés “de verdad”, sino más bien su versión replicada a modo de juguete (recuérdese la referencia en el álbum: “Toy Koto – Brian May”). Por cierto, la sexta cuerda de la guitarra, es decir la más grave, fue afinada un tono por debajo de lo habitual: de Mi a Re; consiguiendo así un sonido mucho más profundo y solemne. Místico.

Al entrar la voz ya la primera frase sirve de aviso: “Oh, gente de la Tierra, escuchad la advertencia que dijo el augur” [yo incluso me atrevería a traducir seer como vate, el cantor adivino de los celtas]. Esta introducción vocal va a servir como estribillo hasta en tres ocasiones. Escuchamos la voz de Freddie Mercury únicamente acompañada de la guitarra acústica del inicio y la inclusión de la eléctrica doblándose a sí misma. Al término de esta primera estrofa, la intensidad, la tonalidad y el aire del tema cambian radicalmente en una explosión sonora con la intrusión repentina del bajo y la batería.

Y comienza el epos: dos estrofas avanzan cabalgando en esta nueva fase, en la que se presenta al abrumado protagonista de la historia ante una multitud de personas perdidas, carentes de esperanza. Estas estrofas dan paso a una secuencia ascendente en el momento en que Freddie entona “I see no day, I heard him say / So grey is the face of every mortal” y que al final de la cúspide encuentra, por segunda vez, lo que anteriormente se ha mencionado como “estribillo”. O sea, se regresa a la introducción vocal, que se va a repetir dos veces: misma melodía, mismo acompañamiento armónico, aunque diferente letra… y cadencia final distinta en la segunda vez, la cual da paso y retoma de nuevo la narración.

En esta segunda ocasión, la estructura es exactamente la misma que en la primera: las estrofas dan paso a la secuencia ascendente, pero en este caso culminan en un acorde distinto que nos lleva a otra tonalidad, cuando oímos “Oh oh oh oh, and two by two my human zoo…”.

Si ya de por sí la canción no fuera lo suficientemente atronadora, ahora comienza una auténtica locura de modulaciones que van a desembocar en un increíble océano de mercurio: “La Tierra se partirá en dos, ahora lo sé. Oíd al hombre sabio”.

Es el apocalipsis…

Freddie grabó en directo esta sección a capella hasta tres veces, ayudado del efecto delay. El desarrollo de la melodía recuerda mucho a los solos de Brian con su guitarra. No en vano, es una composición de May y su inconfundible estilo se hace presente aquí también. Por ejemplo, cuando Freddie entona “And now I know…” y su voz replicada le sigue por dos veces, se podría decir que es una especie de “versión cantada” de una de las partes del solo de “Brighton Rock”. Obviamente, en el caso de la guitarra las notas ejecutadas van a una velocidad mucho mayor que la llevada por Mercury con su voz.

Al término de este océano sonoro, vuelve la banda con la misma potencia que llevaba hasta llegar al interludio. Batería, bajo y guitarra intercalan sus intervenciones en estéreo por unos instantes y después entran en un pasaje instrumental que lleva hasta el solo de guitarra. Siempre a lomos de ese “caballo” que cabalga, ahora la guitarra es la que lleva las riendas, atravesando distintas tonalidades hasta que llega al ya escuchado ascenso cromático de las primeras estrofas.

La cumbre de esta nueva subida es una vez más el llamado “estribillo”, es decir, volvemos a oír la misma melodía cantada de la introducción, si bien la “orquestación” se encuentra ahora en pleno apogeo. Cuando Freddie pronuncia “…The vision fades, a voice I hear”, se puede escuchar en segundo plano una melodía coral de “Uuuhs” increíblemente deliciosa. Y, como no podía ser de otra manera en una canción de estas dimensiones, el final se resuelve con un acorde mayor que “estalla” como si de un juego de fuegos artificiales se tratase: “…and still I dare not / laugh at the Madman!”

A modo de colofón: una vuelta al principio (como los poemas épicos de regreso), donde koto y guitarra dialogan y bogan de nuevo modulando para entrar en la tonalidad principal de la siguiente canción que, por cierto, no creo que haga falta decir cuál es.

Ángel Román Ramírez (Musicólogo). 23/09/ 2019.

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Su tiempo se agotaba.

Su tiempo se agotaba.

La mosca intentaba atravesar la ventana. Lo intentaba una y otra vez, sin darse cuenta de que por ahí no podía salir, sin percatarse de que unos pocos centímetros más allá había una ranura que le ofrecía su ansiada libertad.

Se empecinaba en toparse contra el cristal, porque su instinto le decía que aquel, y no otro, era el único camino.

Chocó su cabeza contra la nada decenas de veces. Al principio estaba confusa, pues podía ver lo que había al otro lado, pero era incapaz de acceder a él. Después sintió frustración, ya que todos sus esfuerzos eran vanos: empezó a darse cuenta de que, por el motivo que fuese, estaría condenada para siempre a ese cautiverio… y su tiempo se agotaba.

Aturdida, cansada, casi rendida, posó sus patas sobre aquella verticalidad transparente e inquebrantablemente sólida. Sabía que debía seguir intentándolo, aunque sus ilusiones se iban desvaneciendo poco a poco hasta el punto de desear la muerte, terminar de una vez con aquel absurdo sufrimiento que no comprendía. Llegó a odiar su existencia porque sabía que, de algún modo, aquello tenía solución… si bien ella no era capaz de hallarla.

Sin embargo, se negaba a rendirse. Pensaba que, antes o después, daría con el modo de salir de allí y, por muy exhausta que se sintiese, volvía a intentarlo, encontrándose una y otra vez con el mismo muro invisible, con lo indestructible, con lo inalterable.

¿Era ese su destino? Y, en caso de ser así, ¿qué podía hacer? ¿Encomendarse a Dios? ¿Quizá esperar a que su problema se resolviese por sí mismo? ¡Su tiempo se agotaba!

Maldecía a quienes le contaron que ahí afuera había todo un mundo por descubrir. Maldecía a todo aquel que le aseguró cuán bella era la vida sin haberle advertido que ésta, indiscriminadamente, podía llegar a convertirse en el mayor infierno jamás deseado por nadie.

Sí, los maldecía, al tiempo que se maldecía a sí misma por haberles creído, por haberse forjado unos sueños que quedaron atrapados tras un maldito lienzo traslúcido impenetrable, incomprensible, abominable. Su tiempo se agotaba.

Aún así, era consciente de que tarde o temprano tendría que encontrar la salida y, con un ya frágil velo de esperanza, volvió a posarse al notar que el sol comenzaba a esconderse. No tenía claro lo que llegaría a conseguir, pero no iba a rendirse sin haberlo intentado hasta el último suspiro. Todo estaba todavía por ver… pero su tiempo se agotaba.
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Ángel Román Ramírez (2019).

Cuando creía haberlo visto todo.

Cuando creía haberlo visto todo.

Me contaron ese cuento de las mariposillas en el estómago. Me contaron y cantaron tantas veces eso de «Yo sin ti no sé vivir», «Qué será de mí sin ti», «Qué bonito es el cielo azul junto a ti», y las puestas de sol, y los riachuelos por llanuras verdes, y las florecillas en el campo, que si «la rosa es roja y la violeta azul» (¿la rosa es roja o es rosa? ¿Por qué la llaman violeta, si es azul…?).

Lo que no me contaron es cómo dos personas pueden llegar a unirse y formar un ente superior mucho más grande y poderoso que un simple par. No me contaron que más allá de la puerta que me aísla del exterior existe una persona que, cuando se une a mí o yo me uno a ella, nuestras curvas se complementan, al igual que las piezas de un rompecabezas. No me contaron que antes de que yo diga algo, esa otra parte ya lo está pronunciando con la boca… y viceversa. No me contaron que, en muchas ocasiones, sólo el cruce de miradas dice mucho más que tomos y tomos de letras vomitadas por quienes escriben esos soniquetes a los que me refería antes. No me contaron que, con sólo escuchar el gemido de mi otra parte, toda mi sangre fluye como torrentes salvajes. No me contaron que cuando yo creía haberlo visto todo, no tenía ni la más remota idea de que no sabía absolutamente nada. No me contaron que uno es capaz de llorar de risa y de tristeza a partes iguales, pero que las lágrimas de alegría se quedan hasta el punto de poder nadar en ellas, mientras que las de tristeza se evaporan en segundos. No me contaron que, en verdad, existe ahí afuera un ser vivo por el que sería capaz de entregar mi vida. 

Sin embargo, doy gracias de que nadie me lo contara. Porque no hay nada tan placentero como descubrir todo eso por uno mismo.

 

Ángel Román Ramírez.

Una Canción hecha Mujer.

Una Canción hecha Mujer.

La sinestesia es ese don (yo lo llamo así) que algunas personas tenemos la suerte de poseer, consistente en que ante determinados estímulos, en principio inexistentes, el cuerpo reacciona como si éstos ocurriesen realmente. Por ejemplo, recordar un determinado sabor u olor y notar ese sabor en la boca o ese olor en la nariz, de la misma manera que si lo hubiésemos probado u olido justo en ese momento.

En mi caso, la sinestesia se manifiesta en los sonidos, como  les ocurría a Rachmaninoff, Scriabin, Rimsky-Korsakov o Messiaen, por ejemplo: cuando escucho determinados sonidos, mi mente proyecta imágenes y colores. Scriabin llegó a diseñar el teclado de un piano con los colores que él “veía” según la nota que sonase. Yo también tengo mi propia escala de colores, los “veo” desde que era muy pequeño. Hasta que no fui adulto y me surgió la curiosidad por investigar sobre el tema, no supe que se trataba de un don.

Pero es que al revés me ocurre también, es decir, puedo llegar a “escuchar” música partiendo de los sonidos, las sensaciones, las formas o los dibujos menos esperados. Esta percepción es la más normal: se llama inspiración.

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No obstante, contigo es diferente. Contigo es una canción que componemos entre los dos, interpretada a dúo: hay momentos en que ambos cantamos al tiempo, interpretando cada uno su voz; otros en los que yo hago el solo y tú contestas a contratiempo; también tienes tus solos y yo, siguiendo las leyes de la armonía, hago de apoyo a tu melodía.

Por otro lado, hay momentos de silencio en los que el protagonismo lo toman los instrumentos, momentos de descanso de las voces, cuyo relevo asumen las cuerdas y los instrumentos de piel… de repente es como si tú misma fueses la propia Música. La Música se transfigura en ti, de manera que no sólo la escucho o la “veo”, sino que también la huelo, la toco e incluso la saboreo. Si la Música pudiese percibirse con los cinco sentidos, es decir, si tuviese un aspecto, un olor o un sabor concretos, serían los que tienes tú. Los que tú me muestras.

Y es que ya no puedo describirte con palabras. Las que usualmente se emplean para expresar sentimientos, han sido ya demasiado malgastadas por el Tiempo. No son suficientes…

Entonces mi mente “inventa” nuevos recursos para poder comprender lo que está experimentando… y la Música toma la forma de tu cuerpo.

© Ángel Román Ramírez (22/11/2017).

 

 

Cielo o Infierno: tú eliges.

Cielo o Infierno: tú eliges.

A veces me da por pensar si, cuando la gente muere, trasciende a otro plano dimensional (quizá holográfico, según la teoría cuántica), donde continua haciendo su vida normal, creyendo que el día en que llegó su hora no murieron.

Por ejemplo: una persona va conduciendo y, de repente, tiene un accidente en el que pierde la  vida. En la realidad común —llamémosla así—, sus familiares, amigos y allegados lloran su pérdida, le ofician un entierro y le recuerdan con anécdotas y fotos. Sin embargo, esa persona experimenta una percepción distinta: los frenos sí funcionaron, o pudo esquivar al coche que venía de frente… o, en el peor de los casos, luchó por su vida en el hospital hasta que salió de él por su propio pie.

A partir de ese momento, esta persona vive en una dimensión diferente, quizá paralela a la  común, sin saber que está muerta y sin posibilidad alguna de saberlo. Es decir, más o menos la misma idea en la que consiste la cinta de Alejandro Amenábar, Los Otros; o la de M. Night Shyamalan, El Sexto Sentido (curiosamente estrenadas ambas casi al mismo tiempo y suscitando en mí la curiosidad de quién “copió” a quién… pero que, si no fuera el caso, bendita casualidad).

Si esta circunstancia fuese tal cual, el “Cielo” o el “Infierno” nos los provocaríamos nosotros mismos. Nuestra buena suerte o nuestros pesares dependerían de nuestra propia personalidad, de tal forma que nosotros mismos seríamos los únicos responsables de nuestra nueva realidad.

Sin embargo, ahora que lo pienso, no hace falta hacer tanta elucubración mística. Estemos vivos o no, seamos conscientes o no de nuestra existencia, el hecho de que la vivamos plenamente o como un mero tránsito hasta la muerte, depende sólo y exclusivamente de nosotros mismos y de cómo afrontamos los factores externos.

Un sólo segundo es suficiente entre estar aquí o no. La vida dura un segundo. De ti depende cómo  aprovecharlo.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2017.

Asteroide.

Asteroide.

El Asteroide, atraído por la majestuosa Tierra, se acercó a ella. No obstante, la Tierra pronto le rechazó:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un planeta con un satélite sobre el cual ejerzo mi poder?

El Asteroide, triste, se alejó de ella. Tiempo después vio al Sol. Cuando quiso acercarse a él, éste dijo:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un Astro con un poder tan inmenso que todos estos planetas dependen de mí…?

Contrariado, el Asteroide siguió su curso. Mucho tiempo después, comprobó que el Sol no era más que un ínfimo punto de luz que se confundía entre miles de millones de otros soles dentro de la Galaxia, de la que todos ellos dependían. Y no solo comprobó eso: también se dio cuenta de que aquella Galaxia era más bien mediocre en comparación con otras galaxias que vagaban por el Universo.

Esbozando una leve sonrisa en la cara, el Asteroide continuó viajando, como siempre lo había hecho y como siempre lo seguiría haciendo, hasta el final de los tiempos. Él no tenía el «poder» que tenían los demás astros del Firmamento… Pero sí tenía algo de lo que ellos carecían: la Libertad.

© Ángel Román Ramírez (17/03/2013).