Su último día.

Su último día.

— ¡Alba! ¡Alba! —gritó, cuando vio que el sol, al fin, huía de oriente, en dirección al cénit.
— Deja de llamarla, es inútil —replicó el ángel custodio.
— Pero ¿por qué? ¡No quiero que se vaya! Ella es la razón de mi existencia, es el motor que mueve mi corazón. ¿Por qué no puedo retenerla? ¿Por qué no puedo tenerla conmigo siempre?
— Porque no eres eterno.

El texto contenido en este post está protegido por derechos de autor. © Ángel Román Ramírez (2015-2016).

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Pigmalión.

Pigmalión.

Arcilla y barro son los que cubren su piel.
Sus ojos quizá no le ven.

Proyecto de una mente, cuidado en el bruñido.
Y a golpe de cincel, su intención cobra sentido.

Artista enamorado de su propia creación,
tuvo la suerte de esculpir su propia ilusión.

Pigmalión: rey que esculpe y reina,
que dio vida a su reina
y, aunque ahora es de carne y hueso,
su corazón aún es de piedra.

Mas no importa su ausencia,
pues él se enamoró,
cuando Afrodita, la helena,
la resucitó.

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Anacrusa.

Anacrusa.

Intro para Anexos

Y partió.

Partió dejando atrás lodos y barros. Partió con la esperanza de un reencuentro consigo mismo, con su Yo de juventud. Sin embargo, en mitad del camino, halló flores, halló riachuelos, halló ninfas de pelo alborotado que llevaban suaves guirnaldas en sus cabezas… Y halló paz.

Aun así, continuó su camino. ¿Quizá no tendría que haberlo hecho? ¿Quién podría saberlo? ¿Tal vez tuviera que hacerlo para descubrir si realmente vivió aquello, o si sólo fue un sueño…?

Alas

Ángel Román Ramírez (23/07/2015).

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Microcuento.

Microcuento.

Tenía una venda en los ojos. Descalza, notaba sus pies mojados y creía estar pisando una pequeña laguna. Durante mucho tiempo lo pensó. Hasta que un buen día, sin saber por qué, sintió el deseo de despojarse de su venda… y pudo comprobar que lo que tenía frente a ella no era un charco, sino todo un océano.

Ángel Román Ramírez (09/07/2013).

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Como un barco de vela que no es gobernado.

Como un barco de vela que no es gobernado.

Intro para Anexos

Un barquito. Un río. Dos orillas. Voy bogando y quiero llegar a la orilla oeste. Pero de babor sopla un viento fuerte que dirige mi barquito hacia el lado contrario. Por suerte, llevo una buena madeja de cuerda. Corto un buen trozo, le hago un lazo y lo arrojo hacia un robusto tronco que parece estar inclinado sobre el agua, como si quisiera beber. ¡Qué suerte! ¡El lazo se ha anclado al tronco! Tiraré de la cuerda y así llegaré a mi destino. No obstante, cada cierto tiempo, una fuerte ráfaga vuelve a azotar mi pequeña nave y la cuerda se me escapa de las manos. Debí sostenerla con más firmeza. Todos los metros que había ganado, los termino perdiendo, así que voy a tener que empezar de nuevo. La intensidad con que sopla el viento es muy elevada. La verdad, no sé cuándo amainará. Hay momentos en que parece que sí… pero cuando menos me lo espero, me veo de nuevo en dirección estribor.

A pesar de todo, clavo los ojos en mi madeja. Y, complaciente y seguro de mí mismo, observo que me queda cuerda para rato. Y eso me ayuda a concluir que debo seguir intentándolo.

Sí… Seguiré luchando.

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Texto extraído de El Hada de Cabellos Coronados: Anexos, IV (pp. 16-17). La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

Regina Coeli.

Regina Coeli.

Intro para Anexos

Caminaba montaña arriba por un angosto pasillo adornado de rocas de todos los tamaños, musgo y arbustos. A su izquierda, la pared de la montaña; a su derecha, vacío. El camino era tan estrecho que apenas si podía unir los pies. Sólo había espacio para colocar uno detrás del otro. No había opción para descansar. La única alternativa era seguir caminando.

Llevaba siglos subiendo. O, al menos, eso le parecía. Tan pronto llovía como comenzaba a nevar; tan pronto salía el sol como se ocultaba, y a veces era tan insoportable el calor, que creía desfallecer. Sólo su objetivo, el fin que pretendía, le ayudaba a continuar.

Era el suyo un andar pesado ―ya hacía tiempo que no se detenía―, pero estaba seguro de que jamás contemplaría paisajes como los que tuvo la oportunidad de ver allí: el verde de las copas de los árboles sólo se veía interrumpido por un plateado río que surcaba el valle de punta a punta; flores de todo tipo amenizaban sus pasos, para solaz de sus sentidos; y olores, colores, sabores y texturas infinitas completaban el elenco de sensaciones que podía llegar a percibir, dándole la impresión de que, por tener sólo cinco sentidos, se perdía otras muchas cosas.

Sus fuerzas comenzaban a flaquear cuando pudo vislumbrar a lo lejos un tenue haz de luz. En principio imaginó que sería un reflejo del Sol, pero cayó pronto en la cuenta de que la posición en la que estaba el Sol en aquel momento ―a punto del ocaso― no era la idónea para que tal reflejo tuviese lugar. Entonces su curiosidad se hizo, si cabe, mayor: ¿de dónde provenía ese pequeño rayo de luz, el cual, si bien sutil, causaba cierta molestia a los ojos? Continuó con más brío su ascenso. Ya su interés devino casi vital.

Al poco tiempo se dio cuenta de que ese haz de luz provenía de lo más alto de una colina. Supo entonces que ya estaba cerca de la cima, que su camino había concluido. Ahora la incertidumbre se cernía sobre él: ¿habría valido la pena tanto esfuerzo? Tanto tiempo buscando sin hallar, ¿tendría al fin su recompensa…?

A medida que se acercaba a la fuente de donde procedía la luz, ésta se hacía cada vez más intensa. Observó que, en el centro del destello, procedente de aquellas colinas, podía apreciarse una figura humana. ¿Quién en la Tierra podría ser capaz de emanar energía de tal manera?

Permaneció absorto durante un rato y cuando reaccionó no se le ocurrió otra cosa que gritar: «¿Quién eres?» La silueta, de repente, comenzó a caminar hacia él. Sin embargo, a medida que se acercaba, la luz iba desapareciendo, de forma que sus ojos humanos pudiesen ver con más precisión aquella figura.

La silueta tomó aspecto de mujer. A medida que se acercaba a él, sonreía del modo más maravilloso que jamás hubo tenido la oportunidad de contemplar. Ella extendió su mano cuando ya se encontraban a escasos metros. Y cuando él pudo tocar aquella piel, le sobrevino una sensación de infinita felicidad. Sintió cómo sus mermadas fuerzas se recuperaban y fue tanto el estremecimiento que surcó su cuerpo, que no pudo hacer otra cosa que arrodillarse a sus pies. Pensó por un instante que estaba viendo a Dios (en este caso, Diosa).

―Te he buscado durante toda mi vida ―dijo. 
―Aquí me tienes, ya me has encontrado –respondió la Diosa. Acto seguido, con un gesto de la mano que sostenía la de él, ella le invitó a incorporarse.

Él la miró embargado de felicidad. Y en ese momento, lo único que se le ocurrió preguntar fue:

― ¿Cuál es tu nombre?

A lo que ella respondió:

―Tú ya sabes quién soy. Siempre lo has sabido, porque yo soy tú y tú eres yo. A partir de ahora no debes preocuparte por nada. Has llegado al final del camino. Ya no volverás a andar nunca más solo.

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

Hoy es siempre todavía.

Hoy es siempre todavía.

Intro para Anexos

Imaginar situaciones icónicas o metafóricas pueden llegar a calar en la psique de las personas de tal forma, que pueden conseguir cerrar capítulos desagradables de sus vidas e incluso lograr reiniciarlas.

Como consejo para superar un determinado episodio, alguien me dijo en una ocasión: «Imagina que estás junto a un volcán y observas la lava. Si te acercas, te quemarás. Observa, sólo observa la lava. No seas protagonista de la obra, limítate sólo a observar, sé un espectador.»

Ciertamente, en su día me sirvió. Y hoy —no ayer, ni antes de ayer, sino hoy—, he tenido otra de esas «visiones» icónicas. Hoy me he dado cuenta de que muchas veces desearía tener cosas que, por diferentes circunstancias, no es posible tener y, no obstante, no me apena no tenerlas.

Me explico: ¡qué más quisiera yo tener en la pared de mi salón un auténtico Dalí!¡O un Klimt! Pero claro… eso es imposible. Sin embargo, lo que sí puedo hacer es visitar los museos adecuados y contemplar sus obras. Y durante el tiempo que transcurre mientras las contemplo, soy realmente feliz. Disfruto cada segundo. Es más, las disfruto más intensamente, porque sé que, tras ese lapso de tiempo, puede que nunca más las vuelva a ver (o quizá sí…). En cualquier caso, sé que siempre las tendré en mi retina. Y que con el paso de los años, podré decir: «Yo pude disfrutar de esta o aquella obra de Dalí; o de Klimt.»

De la misma manera, qué más quisiera yo tener el manuscrito original del Orfeo de Monteverdi; o cualquiera de los que salieron del puño de Mozart… o incluso del de Ian Anderson. No obstante, sé que eso es imposible. Aun así, me hice con una de las mejores ediciones que se hayan grabado jamás del Orfeo, y me sumerjo en él siempre que quiero… O viajé a Viena, y también a Salzburgo, y pude contemplar de primera mano las partituras del mayor genio que ha dado jamás la historia. Y pude vibrar hasta casi el éxtasis cuando tuve la oportunidad de ver en directo a los Jethro Tull. Sea como fuere, sé que siempre tendré esas experiencias entre mis más hermosos recuerdos.

Lo que quiero decir es que, ya en el Renacimiento, y todavía durante el Romanticismo, conocían muy bien la esencia de ese tópico latino que todo el mundo conoce hoy: carpe diem. Es decir, no dejar que el tiempo pase sin más, sino disfrutar de cada instante, porque en realidad no sabemos qué estaremos haciendo mañana, o dónde estaremos dentro de diez minutos. Lo que quiero decir es que sé que no puedo, me niego, a pensar más en el futuro. Que tengo que exprimir cada momento de mi existencia mientras observo un cuadro, o escucho una ópera… o abrazo a una persona. Lo que quiero decir es que sé que no puedo, me niego, a dejar pasar esos momentos simplemente porque me gustaría tenerlos para siempre, cuando en realidad sé que no es posible.

Lo que quiero decir es que sé que tengo que vivir aquí y ahora. Y es que, como dijo Machado, «hoy es siempre todavía». 

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.