Cuando creía haberlo visto todo.

Cuando creía haberlo visto todo.

Intro para Anexos

Me contaron ese cuento de las mariposillas en el estómago. Me contaron y cantaron tantas veces eso de «Yo sin ti no sé vivir», «Qué será de mí sin ti», «Qué bonito es el cielo azul junto a ti», y las puestas de sol, y los riachuelos por llanuras verdes, y las florecillas en el campo, que si «la rosa es roja y la violeta azul» (¿la rosa es roja o es rosa? ¿Por qué la llaman violeta, si es azul…?).

Lo que no me contaron es cómo dos personas pueden llegar a unirse y formar un ente superior mucho más grande y poderoso que un simple par. No me contaron que más allá de la puerta que me aísla del exterior existe una persona que, cuando se une a mí o yo me uno a ella, nuestras curvas se complementan, al igual que las piezas de un rompecabezas. No me contaron que antes de que yo diga algo, esa otra parte ya lo está pronunciando con la boca… y viceversa. No me contaron que, en muchas ocasiones, sólo el cruce de miradas dice mucho más que tomos y tomos de letras vomitadas por quienes escriben esos soniquetes a los que me refería antes. No me contaron que, con sólo escuchar el gemido de mi otra parte, toda mi sangre fluye como torrentes salvajes. No me contaron que cuando yo creía haberlo visto todo, no tenía ni la más remota idea de que no sabía absolutamente nada. No me contaron que uno es capaz de llorar de risa y de tristeza a partes iguales, pero que las lágrimas de alegría se quedan hasta el punto de poder nadar en ellas, mientras que las de tristeza se evaporan en segundos. No me contaron que, en verdad, existe ahí afuera un ser vivo por el que sería capaz de entregar mi vida. 

Sin embargo, doy gracias de que nadie me lo contara. Porque no hay nada tan placentero como descubrir todo eso por uno mismo.

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Texto extraído de El Hada de Cabellos Coronados: Anexos, X (p. 22). La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

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Como un barco de vela que no es gobernado.

Como un barco de vela que no es gobernado.

Intro para Anexos

Un barquito. Un río. Dos orillas. Voy bogando y quiero llegar a la orilla oeste. Pero de babor sopla un viento fuerte que dirige mi barquito hacia el lado contrario. Por suerte, llevo una buena madeja de cuerda. Corto un buen trozo, le hago un lazo y lo arrojo hacia un robusto tronco que parece estar inclinado sobre el agua, como si quisiera beber. ¡Qué suerte! ¡El lazo se ha anclado al tronco! Tiraré de la cuerda y así llegaré a mi destino. No obstante, cada cierto tiempo, una fuerte ráfaga vuelve a azotar mi pequeña nave y la cuerda se me escapa de las manos. Debí sostenerla con más firmeza. Todos los metros que había ganado, los termino perdiendo, así que voy a tener que empezar de nuevo. La intensidad con que sopla el viento es muy elevada. La verdad, no sé cuándo amainará. Hay momentos en que parece que sí… pero cuando menos me lo espero, me veo de nuevo en dirección estribor.

A pesar de todo, clavo los ojos en mi madeja. Y, complaciente y seguro de mí mismo, observo que me queda cuerda para rato. Y eso me ayuda a concluir que debo seguir intentándolo.

Sí… Seguiré luchando.

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Texto extraído de El Hada de Cabellos Coronados: Anexos, IV (pp. 16-17). La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

Regina Coeli.

Regina Coeli.

Intro para Anexos

Caminaba montaña arriba por un angosto pasillo adornado de rocas de todos los tamaños, musgo y arbustos. A su izquierda, la pared de la montaña; a su derecha, vacío. El camino era tan estrecho que apenas si podía unir los pies. Sólo había espacio para colocar uno detrás del otro. No había opción para descansar. La única alternativa era seguir caminando.

Llevaba siglos subiendo. O, al menos, eso le parecía. Tan pronto llovía como comenzaba a nevar; tan pronto salía el sol como se ocultaba, y a veces era tan insoportable el calor, que creía desfallecer. Sólo su objetivo, el fin que pretendía, le ayudaba a continuar.

Era el suyo un andar pesado ―ya hacía tiempo que no se detenía―, pero estaba seguro de que jamás contemplaría paisajes como los que tuvo la oportunidad de ver allí: el verde de las copas de los árboles sólo se veía interrumpido por un plateado río que surcaba el valle de punta a punta; flores de todo tipo amenizaban sus pasos, para solaz de sus sentidos; y olores, colores, sabores y texturas infinitas completaban el elenco de sensaciones que podía llegar a percibir, dándole la impresión de que, por tener sólo cinco sentidos, se perdía otras muchas cosas.

Sus fuerzas comenzaban a flaquear cuando pudo vislumbrar a lo lejos un tenue haz de luz. En principio imaginó que sería un reflejo del Sol, pero cayó pronto en la cuenta de que la posición en la que estaba el Sol en aquel momento ―a punto del ocaso― no era la idónea para que tal reflejo tuviese lugar. Entonces su curiosidad se hizo, si cabe, mayor: ¿de dónde provenía ese pequeño rayo de luz, el cual, si bien sutil, causaba cierta molestia a los ojos? Continuó con más brío su ascenso. Ya su interés devino casi vital.

Al poco tiempo se dio cuenta de que ese haz de luz provenía de lo más alto de una colina. Supo entonces que ya estaba cerca de la cima, que su camino había concluido. Ahora la incertidumbre se cernía sobre él: ¿habría valido la pena tanto esfuerzo? Tanto tiempo buscando sin hallar, ¿tendría al fin su recompensa…?

A medida que se acercaba a la fuente de donde procedía la luz, ésta se hacía cada vez más intensa. Observó que, en el centro del destello, procedente de aquellas colinas, podía apreciarse una figura humana. ¿Quién en la Tierra podría ser capaz de emanar energía de tal manera?

Permaneció absorto durante un rato y cuando reaccionó no se le ocurrió otra cosa que gritar: «¿Quién eres?» La silueta, de repente, comenzó a caminar hacia él. Sin embargo, a medida que se acercaba, la luz iba desapareciendo, de forma que sus ojos humanos pudiesen ver con más precisión aquella figura.

La silueta tomó aspecto de mujer. A medida que se acercaba a él, sonreía del modo más maravilloso que jamás hubo tenido la oportunidad de contemplar. Ella extendió su mano cuando ya se encontraban a escasos metros. Y cuando él pudo tocar aquella piel, le sobrevino una sensación de infinita felicidad. Sintió cómo sus mermadas fuerzas se recuperaban y fue tanto el estremecimiento que surcó su cuerpo, que no pudo hacer otra cosa que arrodillarse a sus pies. Pensó por un instante que estaba viendo a Dios (en este caso, Diosa).

―Te he buscado durante toda mi vida ―dijo. 
―Aquí me tienes, ya me has encontrado –respondió la Diosa. Acto seguido, con un gesto de la mano que sostenía la de él, ella le invitó a incorporarse.

Él la miró embargado de felicidad. Y en ese momento, lo único que se le ocurrió preguntar fue:

― ¿Cuál es tu nombre?

A lo que ella respondió:

―Tú ya sabes quién soy. Siempre lo has sabido, porque yo soy tú y tú eres yo. A partir de ahora no debes preocuparte por nada. Has llegado al final del camino. Ya no volverás a andar nunca más solo.

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

Hoy es siempre todavía.

Hoy es siempre todavía.

Intro para Anexos

Imaginar situaciones icónicas o metafóricas pueden llegar a calar en la psique de las personas de tal forma, que pueden conseguir cerrar capítulos desagradables de sus vidas e incluso lograr reiniciarlas.

Como consejo para superar un determinado episodio, alguien me dijo en una ocasión: «Imagina que estás junto a un volcán y observas la lava. Si te acercas, te quemarás. Observa, sólo observa la lava. No seas protagonista de la obra, limítate sólo a observar, sé un espectador.»

Ciertamente, en su día me sirvió. Y hoy —no ayer, ni antes de ayer, sino hoy—, he tenido otra de esas «visiones» icónicas. Hoy me he dado cuenta de que muchas veces desearía tener cosas que, por diferentes circunstancias, no es posible tener y, no obstante, no me apena no tenerlas.

Me explico: ¡qué más quisiera yo tener en la pared de mi salón un auténtico Dalí!¡O un Klimt! Pero claro… eso es imposible. Sin embargo, lo que sí puedo hacer es visitar los museos adecuados y contemplar sus obras. Y durante el tiempo que transcurre mientras las contemplo, soy realmente feliz. Disfruto cada segundo. Es más, las disfruto más intensamente, porque sé que, tras ese lapso de tiempo, puede que nunca más las vuelva a ver (o quizá sí…). En cualquier caso, sé que siempre las tendré en mi retina. Y que con el paso de los años, podré decir: «Yo pude disfrutar de esta o aquella obra de Dalí; o de Klimt.»

De la misma manera, qué más quisiera yo tener el manuscrito original del Orfeo de Monteverdi; o cualquiera de los que salieron del puño de Mozart… o incluso del de Ian Anderson. No obstante, sé que eso es imposible. Aun así, me hice con una de las mejores ediciones que se hayan grabado jamás del Orfeo, y me sumerjo en él siempre que quiero… O viajé a Viena, y también a Salzburgo, y pude contemplar de primera mano las partituras del mayor genio que ha dado jamás la historia. Y pude vibrar hasta casi el éxtasis cuando tuve la oportunidad de ver en directo a los Jethro Tull. Sea como fuere, sé que siempre tendré esas experiencias entre mis más hermosos recuerdos.

Lo que quiero decir es que, ya en el Renacimiento, y todavía durante el Romanticismo, conocían muy bien la esencia de ese tópico latino que todo el mundo conoce hoy: carpe diem. Es decir, no dejar que el tiempo pase sin más, sino disfrutar de cada instante, porque en realidad no sabemos qué estaremos haciendo mañana, o dónde estaremos dentro de diez minutos. Lo que quiero decir es que sé que no puedo, me niego, a pensar más en el futuro. Que tengo que exprimir cada momento de mi existencia mientras observo un cuadro, o escucho una ópera… o abrazo a una persona. Lo que quiero decir es que sé que no puedo, me niego, a dejar pasar esos momentos simplemente porque me gustaría tenerlos para siempre, cuando en realidad sé que no es posible.

Lo que quiero decir es que sé que tengo que vivir aquí y ahora. Y es que, como dijo Machado, «hoy es siempre todavía». 

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

«Catarsis».

«Catarsis».

Intro para Anexos

Soy adicto a la catarsis. 

«Catarsis» es una palabra que procede del griego κάθαρσις (kátharsis), la liberación de alguna impureza, a través de determinados ritos. Y quien dice «impureza», puede decir también «suciedad» en lo más profundo (o no tan profundo) de nuestra alma. 

Catarsis es purificación. Catarsis es despojarse, limpiarse de arriba abajo toda la inmundicia que cubre, como una película de gelatina, la mente, el Yo interno (que poca gente, o nadie, conoce realmente). En definitiva, el espíritu. 

La catarsis no sólo es conveniente: es necesaria. Vital para todos seres humanos. Si no nos desinfectamos de toda esa porquería que de vez en cuando nos invade, iremos acumulando y acumulando, y acumulando… hasta que la bola de mierda sea tan grande, que en buen número de ocasiones terminará afectando de forma permanente al individuo que la padezca. Y no sólo espiritualmente; también desde el punto de vista físico. 

La catarsis puede servirnos de muchas y variadas maneras. A muchos les sirve en forma de ejercicio físico; otros ponen tierra de por medio, desapareciendo durante una temporada; a otros se les aparece representada como una bonita melodía, ya sea escuchada o tocada; otros la encuentran en el interior de una botella; otros se la fuman; otros pueden hallarla en la consulta de un psicólogo, en ejercicios de relajación, tipo yoga; en forma de café, en una mesa, junto a unos amigos, o con forma de abrazo, o de besos de tu pareja, padres, hermanos… La pose horizontal con la pareja es un buen remedio también para dar con la catarsis. Otros muchos la descubren escupiendo por los ojos toda esa basura acumulada. Es más, hay incluso quien la encuentra en todas las manifestaciones anteriores. No importa. El caso es que, sea como sea, la catarsis debe ser hallada, independientemente de la opción que escojamos.

Sin embargo, nada de lo anterior es efectivo si no lo sabemos asimilar. Es decir, la catarsis es un viaje hacia dentro. Es inclinar tu cabeza hasta la altura de tu ombligo y penetrar en tus entrañas a través de él. La catarsis es ataviarse de una buena cantimplora y un par de bocadillos, de esos de barra, y empezar a andar por esos sinuosos caminos de piso blando, que son los intestinos, para llegar —quién sabe cuánto tiempo después— al estómago. Y, una vez allí, empujar muy fuerte el diafragma, para que el grito de furia salga impulsado por la garganta con toda la fuerza que seamos capaces de provocar; tanta intensidad, que nuestros más oscuros demonios, escondidos entre la mierda, lleguen a taparse los oídos. Que se asusten tanto, que salgan despavoridos; ellos, los demonios. Los mismos que nos provocaron el miedo.

La catarsis es una llamada de teléfono y una vocecilla al otro lado que lo descuelga y te oye llorar al empezar la conversación… Y lo cuelga con la satisfacción de haberte dejado sonriendo.

Yo soy adicto a la catarsis.

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

El vínculo.

El vínculo.

Intro para Anexos

El «vínculo»… ¿Qué es el «vínculo»? ¿Es real? Desde luego, se trata de una idea muy antigua y pertenece prácticamente a casi todas las culturas humanas a lo largo de la Historia. Aunque es claramente una actividad cerebral, no obstante ―y dadas las connotaciones espirituales que tiene―, con el paso del tiempo ha quedado relegada al plano de lo esotérico, lo paranormal, lo paracientífico.

Aun así, este «vínculo» todavía existe. No hay más que comprobar cómo se alejan los animales, huyendo lo más lejos posible, del epicentro de los terremotos o de los tsunamis. Lógicamente, esto tiene una explicación científica (lo que les hace huir es su capacidad para percibir las vibraciones de la tierra). Pero existe.

Nosotros, en cambio, hemos perdido este instinto ―en su lugar, hemos desarrollado máquinas que lo sustituyen―. A pesar de todo, hubo un tiempo en que también gozamos de él, de ese «vínculo» que nos unía a la Naturaleza y a las personas. De hecho, me consta que aún hay gente que lo posee. Gente que, como ocurría en aquella famosa película de gigantes azules, es capaz de entrelazar las trenzas de sus cabellos y mirar en lo más profundo del interior del otro. Y que cuando dos de esas personas se encuentran, la dualidad deviene una sola entidad. Y justo entonces se demuestra la Relatividad de Einstein: porque en ese preciso instante, las manecillas del reloj se detienen y continúan su curso sólo a merced del deseo de aquéllas.

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

Cuando parecía que ya estaba todo perdido.

Cuando parecía que ya estaba todo perdido.

Intro para Anexos

Justo cuando parecía que ya estaba todo perdido, apareciste. Forjada en los más profundos abismos del Infierno, del cual saliste victoriosa, apareciste con todas tus heridas, algunas aún sangrantes. A pesar de todo te mantenías en pie, fuerte, valiente —más de lo que tú misma pensabas—, dispuesta a blandir tu espada ante cualquiera que osara atacar. 

Yo yacía en el suelo, malherido, esperando quizá que, de un momento a otro, un guerrero enemigo llegara y terminase cercenando mis escasos minutos. Apenas si podía abrir los ojos, pero haciendo un esfuerzo conseguí vislumbrar tu silueta, allá en lo alto, en aquel pequeño montículo rocoso.

Alzaste tu espada —que, como tú, también se forjó en las entrañas del mundo— y la hundiste en el pecho de todo aquel que apenas intentaba acercarse a mí. Jamás observé, ni siquiera en mis propias gestas, tan colosal catarata de cabezas rodando colina abajo, arrancadas de sus cuerpos tras probar el amargo filo de la hoja.

Sonreí. Y mi sonrisa venía alimentada por la esperanza. Habías llegado, eras mi heroína, estabas salvándome la vida. 

Al término de la batalla, únicamente se podía oír el grito de la muerte. Te arrodillaste en el suelo y con tus brazos ensangrentados, tomaste mi nuca y me incorporaste hasta dejarme cuasi sentado, más bien recostado, en tu regazo. Limpiaste tierra, yerbajos secos y sangre de mi rostro. Te miré como buenamente pude y esbocé, con las pocas fuerzas que ostenta un hombre moribundo, una impalpable sonrisa… a la que tú respondiste (jamás he visto antes, nunca, una sonrisa tan bella y perfecta como la tuya). Así, meneando la cabeza de un lado a otro y aún con tu hermosa sonrisa en los labios, tus únicas palabras fueron: «Desde luego… no sé qué voy a hacer contigo.»

Y entonces comprendí que eras tú. Que siempre serías tú. Que por encima del Espacio y del Tiempo, desde aquel día siempre serías tú mi guerrera, mi reina…

Mi diosa.

 

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.