Cielo o Infierno: tú eliges.

Cielo o Infierno: tú eliges.

A veces me da por pensar si, cuando la gente muere, trasciende a otro plano dimensional (quizá holográfico, según la teoría cuántica), donde continua haciendo su vida normal, creyendo que el día en que llegó su hora no murieron.

Por ejemplo: una persona va conduciendo y, de repente, tiene un accidente en el que pierde la  vida. En la realidad común —llamémosla así—, sus familiares, amigos y allegados lloran su pérdida, le ofician un entierro y le recuerdan con anécdotas y fotos. Sin embargo, esa persona experimenta una percepción distinta: los frenos sí funcionaron, o pudo esquivar al coche que venía de frente… o, en el peor de los casos, luchó por su vida en el hospital hasta que salió de él por su propio pie.

A partir de ese momento, esta persona vive en una dimensión diferente, quizá paralela a la  común, sin saber que está muerta y sin posibilidad alguna de saberlo. Es decir, más o menos la misma idea en la que consiste la cinta de Alejandro Amenábar, Los Otros; o la de M. Night Shyamalan, El Sexto Sentido (curiosamente estrenadas ambas casi al mismo tiempo y suscitando en mí la curiosidad de quién “copió” a quién… pero que, si no fuera el caso, bendita casualidad).

Si esta circunstancia fuese tal cual, el “Cielo” o el “Infierno” nos los provocaríamos nosotros mismos. Nuestra buena suerte o nuestros pesares dependerían de nuestra propia personalidad, de tal forma que nosotros mismos seríamos los únicos responsables de nuestra nueva realidad.

Sin embargo, ahora que lo pienso, no hace falta hacer tanta elucubración mística. Estemos vivos o no, seamos conscientes o no de nuestra existencia, el hecho de que la vivamos plenamente o como un mero tránsito hasta la muerte, depende sólo y exclusivamente de nosotros mismos y de cómo afrontamos los factores externos.

Un sólo segundo es suficiente entre estar aquí o no. La vida dura un segundo. De ti depende cómo  aprovecharlo.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2017.

Asteroide.

Asteroide.

El Asteroide, atraído por la majestuosa Tierra, se acercó a ella. No obstante, la Tierra pronto le rechazó:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un planeta con un satélite sobre el cual ejerzo mi poder?

El Asteroide, triste, se alejó de ella. Tiempo después vio al Sol. Cuando quiso acercarse a él, éste dijo:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un Astro con un poder tan inmenso que todos estos planetas dependen de mí…?

Contrariado, el Asteroide siguió su curso. Mucho tiempo después, comprobó que el Sol no era más que un ínfimo punto de luz que se confundía entre miles de millones de otros soles dentro de la Galaxia, de la que todos ellos dependían. Y no solo comprobó eso: también se dio cuenta de que aquella Galaxia era más bien mediocre en comparación con otras galaxias que vagaban por el Universo.

Esbozando una leve sonrisa en la cara, el Asteroide continuó viajando, como siempre lo había hecho y como siempre lo seguiría haciendo, hasta el final de los tiempos. Él no tenía el «poder» que tenían los demás astros del Firmamento… Pero sí tenía algo de lo que ellos carecían: la Libertad.

© Ángel Román Ramírez (17/03/2013).

El Observador (microcuento).

El Observador (microcuento).

Él la observaba. Siempre estaba allí y todos los días la veía pasar más o menos a la misma hora. La veía salir de su casa y, en función de dónde hubiese aparcado el coche, dirigirse a la derecha, a la izquierda o al frente. A veces tenía suerte y lo estacionaba justo en la puerta.

Siempre sobre las ocho de la mañana. Él la imaginaba trabajando en alguna oficina, simplemente porque solía llevar el pelo recogido, aunque algunos días, cuando no hacía mucho viento, ella le regalaba la vista dejando su pelo suelto. Las gafas de pasta negra le daban un toque intelectual y además hacían juego con el estilo de vestir que solía llevar para trabajar, el cual, por cierto, nada tenía que ver con su ropa de fin de semana. Los martes, jueves y viernes volvía con ropa de deporte, quizá la llevase dentro de aquella mochila con la que los martes, los jueves y los viernes, salía de casa.

En el resto del día no la volvía a ver hasta más o menos las nueve de la noche. A veces regresaba con gesto serio, otras sonriendo.

No la conocía, ella apenas paraba por aquel barrio: tal vez fuera el lugar donde vivía, pero no en el que hacía su vida. ¡Tan guapa…! Con aquellos ojos negros y aquellas pequeñas arruguitas en la comisura de los labios que le hacían sonreír, casi sin darse cuenta. De cara fina y pómulos resaltados (que ella bien sabía y maquillaba para realzarlos más aún)…

Ni siquiera sabía su nombre y, sin embargo, la amaba. Las primeras veces ni se fijó en ella; para él, era una chica normal, de unos treinta y tantos, una curranta más que pasaba por allí. En cambio, desde el día que regresó llorando, sobre las nueve de la noche, él alzó la cabeza y por primera vez reparó en sus ojos, en su cuerpo, en su manera de respirar. Desde entonces no la vio llorar nunca más, por lo que le resultaba curioso que fuese precisamente aquel detalle el que hizo que le prestase atención por primera vez. Era como si aquel día la tristeza los conectase (algo muy raro, pensaba).

Seis meses eran los que transcurrieron desde aquella primera vez. Y durante ese tiempo, jamás se atrevió a acercarse, ni a hacerse el encontradizo, o simplemente plantarse delante de ella y ofrecerle un café. No era capaz, sentía que él no pertenecía a su mundo, como si viviesen en planos astrales distintos, en dimensiones diferentes.

Y tenía razón: llevaba quince años muerto.

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Ángel Román Ramírez (16/02/2017).

El «camino recto».

El «camino recto».

Muchas veces nos empecinamos en continuar por la carretera que aparentemente lleva a nuestro ansiado destino, sin tener en cuenta las indicaciones que nos van apareciendo durante el trayecto. Y, de hecho, eso hace que pinchemos en repetidas ocasiones. El camino no es nada fácil en ciertos aspectos considerados «socialmente» importantes.

Por eso hay que llevar repuestos. Y además, aunque de aquellos pinchazos salgamos maltrechos, de todos ellos debemos aprender algo. Es obligatorio, sobre todo para saber en qué lugar de la carretera está el bache o la puntilla que nos hizo pinchar la última vez.

Hay que coger ramales diferentes de vez en cuando. Porque el «camino recto» que se supone que debemos seguir, no siempre nos viene bien a todos. Y los giros, que no sean de 360º (lo cual sería absurdo), y tampoco de 180º (¿dar media vuelta, para qué?)…, sino de 270. O tal vez de 90.

En fin, ya lo dijo Einstein:

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© Ángel Román Ramírez, 2017.

Microcuento.

Microcuento.

Desde lo alto de aquel risco sentía que tenía el Universo entero ante sí. Miraba hacia abajo y todo le parecía tan pequeño, tan insignificante, tan nimio, tan mediocre… Se hallaba en un estadio tan alejado de todo aquello… Sentía que el mismísimo Firmamento era un enorme océano en el que podría zambullirse siempre que quisiera, nadar, bucear, jugar incluso hasta la locura en sus profundidades; para después salir y regresar al plano en el que ahora se encontraba. Y no se lo pensó dos veces.

Eso era lo que más le gustaba y lo que le diferenciaba del resto: mientras los demás no eran capaces de salir a la superficie, pues no veían más allá de sus narices (¿cómo le explicarías a un pez que más allá de su mundo abisal existe otro mucho más grande?) él, sin embargo, sabía que podía sumergirse y confundirse entre aquellos, pero que también era capaz de volver a su plano más elevado y departir con quienes con él convivían.

No era, ni mucho menos, un dios; ni siquiera una deidad; no es que hubiese muerto y se encontrase en otro plano espiritual… no. Estaba muy vivo. Quizá demasiado vivo. Lo que realmente ocurría es que él sí había conseguido despertar.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Segunda Parte.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Segunda Parte.

Si existieran los viajes en el Tiempo, sería como dar hacia atrás o hacia adelante en un reproductor de DVD: podríamos ser testigos de los acontecimientos, pero no modificarlos. De este modo, la típica Paradoja del Tiempo (la cual cuestiona qué ocurriría con un viajero del Tiempo que regresara al pasado e impidiese su propia concepción), no tendría sentido.

Lo que ya ha ocurrido no es susceptible de ser modificado: las causas y las consecuencias fueron las que fueron en aquel momento y en aquel lugar determinado. Y en cuanto lo que está por venir, tampoco puede cambiarse, porque cuando consideramos que “hemos cambiado” nuestro futuro o nuestro Destino al optar por una dirección diferente a la que en principio creímos que íbamos a tomar, en realidad no cambiamos nada; pues nuestro Destino era, precisamente, tomar esa nueva dirección.

Por otro lado, y según lo entiendo yo, la Mecánica Cuántica explica que nosotros mismos formamos parte de esa película; que hay muchas copias de la misma, y que lo que nosotros consideramos “pasado” o “futuro” en nuestra película, puede ser el “presente” en otra copia en algún lugar del Universo.

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Teniendo esto en cuenta, me pregunto: ¿y si estas películas tuviesen “observadores”? ¿Querrían, podrían o sabrían comunicarse con nosotros? Y en caso afirmativo, ¿Seríamos capaces de captar sus mensajes? ¿Puede alguien comunicarse con los personajes de una película y que ellos le oigan, como en “La Historia Interminable” de Michael Ende…? 

Quizá estemos recibiendo esos mensajes y no nos demos cuenta; o tal vez sus manifestaciones sean aquellas que hemos convenido en llamar “paranormales”.  O quizá esos “observadores” representen a una civilización infinitamente superior a la nuestra y piensen que no les merece la pena.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.