Cuando creía haberlo visto todo.

Cuando creía haberlo visto todo.

Me contaron ese cuento de las mariposillas en el estómago. Me contaron y cantaron tantas veces eso de «Yo sin ti no sé vivir», «Qué será de mí sin ti», «Qué bonito es el cielo azul junto a ti», y las puestas de sol, y los riachuelos por llanuras verdes, y las florecillas en el campo, que si «la rosa es roja y la violeta azul» (¿la rosa es roja o es rosa? ¿Por qué la llaman violeta, si es azul…?).

Lo que no me contaron es cómo dos personas pueden llegar a unirse y formar un ente superior mucho más grande y poderoso que un simple par. No me contaron que más allá de la puerta que me aísla del exterior existe una persona que, cuando se une a mí o yo me uno a ella, nuestras curvas se complementan, al igual que las piezas de un rompecabezas. No me contaron que antes de que yo diga algo, esa otra parte ya lo está pronunciando con la boca… y viceversa. No me contaron que, en muchas ocasiones, sólo el cruce de miradas dice mucho más que tomos y tomos de letras vomitadas por quienes escriben esos soniquetes a los que me refería antes. No me contaron que, con sólo escuchar el gemido de mi otra parte, toda mi sangre fluye como torrentes salvajes. No me contaron que cuando yo creía haberlo visto todo, no tenía ni la más remota idea de que no sabía absolutamente nada. No me contaron que uno es capaz de llorar de risa y de tristeza a partes iguales, pero que las lágrimas de alegría se quedan hasta el punto de poder nadar en ellas, mientras que las de tristeza se evaporan en segundos. No me contaron que, en verdad, existe ahí afuera un ser vivo por el que sería capaz de entregar mi vida. 

Sin embargo, doy gracias de que nadie me lo contara. Porque no hay nada tan placentero como descubrir todo eso por uno mismo.

 

Ángel Román Ramírez.

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Una Canción hecha Mujer.

Una Canción hecha Mujer.

La sinestesia es ese don (yo lo llamo así) que algunas personas tenemos la suerte de poseer, consistente en que ante determinados estímulos, en principio inexistentes, el cuerpo reacciona como si éstos ocurriesen realmente. Por ejemplo, recordar un determinado sabor u olor y notar ese sabor en la boca o ese olor en la nariz, de la misma manera que si lo hubiésemos probado u olido justo en ese momento.

En mi caso, la sinestesia se manifiesta en los sonidos, como  les ocurría a Rachmaninoff, Scriabin, Rimsky-Korsakov o Messiaen, por ejemplo: cuando escucho determinados sonidos, mi mente proyecta imágenes y colores. Scriabin llegó a diseñar el teclado de un piano con los colores que él “veía” según la nota que sonase. Yo también tengo mi propia escala de colores, los “veo” desde que era muy pequeño. Hasta que no fui adulto y me surgió la curiosidad por investigar sobre el tema, no supe que se trataba de un don.

Pero es que al revés me ocurre también, es decir, puedo llegar a “escuchar” música partiendo de los sonidos, las sensaciones, las formas o los dibujos menos esperados. Esta percepción es la más normal: se llama inspiración.

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No obstante, contigo es diferente. Contigo es una canción que componemos entre los dos, interpretada a dúo: hay momentos en que ambos cantamos al tiempo, interpretando cada uno su voz; otros en los que yo hago el solo y tú contestas a contratiempo; también tienes tus solos y yo, siguiendo las leyes de la armonía, hago de apoyo a tu melodía.

Por otro lado, hay momentos de silencio en los que el protagonismo lo toman los instrumentos, momentos de descanso de las voces, cuyo relevo asumen las cuerdas y los instrumentos de piel… de repente es como si tú misma fueses la propia Música. La Música se transfigura en ti, de manera que no sólo la escucho o la “veo”, sino que también la huelo, la toco e incluso la saboreo. Si la Música pudiese percibirse con los cinco sentidos, es decir, si tuviese un aspecto, un olor o un sabor concretos, serían los que tienes tú. Los que tú me muestras.

Y es que ya no puedo describirte con palabras. Las que usualmente se emplean para expresar sentimientos, han sido ya demasiado malgastadas por el Tiempo. No son suficientes…

Entonces mi mente “inventa” nuevos recursos para poder comprender lo que está experimentando… y la Música toma la forma de tu cuerpo.

© Ángel Román Ramírez (22/11/2017).

 

 

Cielo o Infierno: tú eliges.

Cielo o Infierno: tú eliges.

A veces me da por pensar si, cuando la gente muere, trasciende a otro plano dimensional (quizá holográfico, según la teoría cuántica), donde continua haciendo su vida normal, creyendo que el día en que llegó su hora no murieron.

Por ejemplo: una persona va conduciendo y, de repente, tiene un accidente en el que pierde la  vida. En la realidad común —llamémosla así—, sus familiares, amigos y allegados lloran su pérdida, le ofician un entierro y le recuerdan con anécdotas y fotos. Sin embargo, esa persona experimenta una percepción distinta: los frenos sí funcionaron, o pudo esquivar al coche que venía de frente… o, en el peor de los casos, luchó por su vida en el hospital hasta que salió de él por su propio pie.

A partir de ese momento, esta persona vive en una dimensión diferente, quizá paralela a la  común, sin saber que está muerta y sin posibilidad alguna de saberlo. Es decir, más o menos la misma idea en la que consiste la cinta de Alejandro Amenábar, Los Otros; o la de M. Night Shyamalan, El Sexto Sentido (curiosamente estrenadas ambas casi al mismo tiempo y suscitando en mí la curiosidad de quién “copió” a quién… pero que, si no fuera el caso, bendita casualidad).

Si esta circunstancia fuese tal cual, el “Cielo” o el “Infierno” nos los provocaríamos nosotros mismos. Nuestra buena suerte o nuestros pesares dependerían de nuestra propia personalidad, de tal forma que nosotros mismos seríamos los únicos responsables de nuestra nueva realidad.

Sin embargo, ahora que lo pienso, no hace falta hacer tanta elucubración mística. Estemos vivos o no, seamos conscientes o no de nuestra existencia, el hecho de que la vivamos plenamente o como un mero tránsito hasta la muerte, depende sólo y exclusivamente de nosotros mismos y de cómo afrontamos los factores externos.

Un sólo segundo es suficiente entre estar aquí o no. La vida dura un segundo. De ti depende cómo  aprovecharlo.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2017.

Asteroide.

Asteroide.

El Asteroide, atraído por la majestuosa Tierra, se acercó a ella. No obstante, la Tierra pronto le rechazó:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un planeta con un satélite sobre el cual ejerzo mi poder?

El Asteroide, triste, se alejó de ella. Tiempo después vio al Sol. Cuando quiso acercarse a él, éste dijo:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un Astro con un poder tan inmenso que todos estos planetas dependen de mí…?

Contrariado, el Asteroide siguió su curso. Mucho tiempo después, comprobó que el Sol no era más que un ínfimo punto de luz que se confundía entre miles de millones de otros soles dentro de la Galaxia, de la que todos ellos dependían. Y no solo comprobó eso: también se dio cuenta de que aquella Galaxia era más bien mediocre en comparación con otras galaxias que vagaban por el Universo.

Esbozando una leve sonrisa en la cara, el Asteroide continuó viajando, como siempre lo había hecho y como siempre lo seguiría haciendo, hasta el final de los tiempos. Él no tenía el «poder» que tenían los demás astros del Firmamento… Pero sí tenía algo de lo que ellos carecían: la Libertad.

© Ángel Román Ramírez (17/03/2013).

El «camino recto».

El «camino recto».

Muchas veces nos empecinamos en continuar por la carretera que aparentemente lleva a nuestro ansiado destino, sin tener en cuenta las indicaciones que nos van apareciendo durante el trayecto. Y, de hecho, eso hace que pinchemos en repetidas ocasiones. El camino no es nada fácil en ciertos aspectos considerados «socialmente» importantes.

Por eso hay que llevar repuestos. Y además, aunque de aquellos pinchazos salgamos maltrechos, de todos ellos debemos aprender algo. Es obligatorio, sobre todo para saber en qué lugar de la carretera está el bache o la puntilla que nos hizo pinchar la última vez.

Hay que coger ramales diferentes de vez en cuando. Porque el «camino recto» que se supone que debemos seguir, no siempre nos viene bien a todos. Y los giros, que no sean de 360º (lo cual sería absurdo), y tampoco de 180º (¿dar media vuelta, para qué?)…, sino de 270. O tal vez de 90.

En fin, ya lo dijo Einstein:

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© Ángel Román Ramírez, 2017.

Microcuento.

Microcuento.

Desde lo alto de aquel risco sentía que tenía el Universo entero ante sí. Miraba hacia abajo y todo le parecía tan pequeño, tan insignificante, tan nimio, tan mediocre… Se hallaba en un estadio tan alejado de todo aquello… Sentía que el mismísimo Firmamento era un enorme océano en el que podría zambullirse siempre que quisiera, nadar, bucear, jugar incluso hasta la locura en sus profundidades; para después salir y regresar al plano en el que ahora se encontraba. Y no se lo pensó dos veces.

Eso era lo que más le gustaba y lo que le diferenciaba del resto: mientras los demás no eran capaces de salir a la superficie, pues no veían más allá de sus narices (¿cómo le explicarías a un pez que más allá de su mundo abisal existe otro mucho más grande?) él, sin embargo, sabía que podía sumergirse y confundirse entre aquellos, pero que también era capaz de volver a su plano más elevado y departir con quienes con él convivían.

No era, ni mucho menos, un dios; ni siquiera una deidad; no es que hubiese muerto y se encontrase en otro plano espiritual… no. Estaba muy vivo. Quizá demasiado vivo. Lo que realmente ocurría es que él sí había conseguido despertar.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.