El Observador (microcuento).

El Observador (microcuento).

Él la observaba. Siempre estaba allí y todos los días la veía pasar más o menos a la misma hora. La veía salir de su casa y, en función de dónde hubiese aparcado el coche, dirigirse a la derecha, a la izquierda o al frente. A veces tenía suerte y lo estacionaba justo en la puerta.

Siempre sobre las ocho de la mañana. Él la imaginaba trabajando en alguna oficina, simplemente porque solía llevar el pelo recogido, aunque algunos días, cuando no hacía mucho viento, ella le regalaba la vista dejando su pelo suelto. Las gafas de pasta negra le daban un toque intelectual y además hacían juego con el estilo de vestir que solía llevar para trabajar, el cual, por cierto, nada tenía que ver con su ropa de fin de semana. Los martes, jueves y viernes volvía con ropa de deporte, quizá la llevase dentro de aquella mochila con la que los martes, los jueves y los viernes, salía de casa.

En el resto del día no la volvía a ver hasta más o menos las nueve de la noche. A veces regresaba con gesto serio, otras sonriendo.

No la conocía, ella apenas paraba por aquel barrio: tal vez fuera el lugar donde vivía, pero no en el que hacía su vida. ¡Tan guapa…! Con aquellos ojos negros y aquellas pequeñas arruguitas en la comisura de los labios que le hacían sonreír, casi sin darse cuenta. De cara fina y pómulos resaltados (que ella bien sabía y maquillaba para realzarlos más aún)…

Ni siquiera sabía su nombre y, sin embargo, la amaba. Las primeras veces ni se fijó en ella; para él, era una chica normal, de unos treinta y tantos, una curranta más que pasaba por allí. En cambio, desde el día que regresó llorando, sobre las nueve de la noche, él alzó la cabeza y por primera vez reparó en sus ojos, en su cuerpo, en su manera de respirar. Desde entonces no la vio llorar nunca más, por lo que le resultaba curioso que fuese precisamente aquel detalle el que hizo que le prestase atención por primera vez. Era como si aquel día la tristeza los conectase (algo muy raro, pensaba).

Seis meses eran los que transcurrieron desde aquella primera vez. Y durante ese tiempo, jamás se atrevió a acercarse, ni a hacerse el encontradizo, o simplemente plantarse delante de ella y ofrecerle un café. No era capaz, sentía que él no pertenecía a su mundo, como si viviesen en planos astrales distintos, en dimensiones diferentes.

Y tenía razón: llevaba quince años muerto.

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Ángel Román Ramírez (16/02/2017).
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