Microcuento.

Microcuento.

Desde lo alto de aquel risco sentía que tenía el Universo entero ante sí. Miraba hacia abajo y todo le parecía tan pequeño, tan insignificante, tan nimio, tan mediocre… Se hallaba en un estadio tan alejado de todo aquello… Sentía que el mismísimo Firmamento era un enorme océano en el que podría zambullirse siempre que quisiera, nadar, bucear, jugar incluso hasta la locura en sus profundidades; para después salir y regresar al plano en el que ahora se encontraba. Y no se lo pensó dos veces.

Eso era lo que más le gustaba y lo que le diferenciaba del resto: mientras los demás no eran capaces de salir a la superficie, pues no veían más allá de sus narices (¿cómo le explicarías a un pez que más allá de su mundo abisal existe otro mucho más grande?) él, sin embargo, sabía que podía sumergirse y confundirse entre aquellos, pero que también era capaz de volver a su plano más elevado y departir con quienes con él convivían.

No era, ni mucho menos, un dios; ni siquiera una deidad; no es que hubiese muerto y se encontrase en otro plano espiritual… no. Estaba muy vivo. Quizá demasiado vivo. Lo que realmente ocurría es que él sí había conseguido despertar.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Segunda Parte.

Alegoría de la Caverna (2.0) – Segunda Parte.

Si existieran los viajes en el Tiempo, sería como dar hacia atrás o hacia adelante en un reproductor de DVD: podríamos ser testigos de los acontecimientos, pero no modificarlos. De este modo, la típica Paradoja del Tiempo (la cual cuestiona qué ocurriría con un viajero del Tiempo que regresara al pasado e impidiese su propia concepción), no tendría sentido.

Lo que ya ha ocurrido no es susceptible de ser modificado: las causas y las consecuencias fueron las que fueron en aquel momento y en aquel lugar determinado. Y en cuanto lo que está por venir, tampoco puede cambiarse, porque cuando consideramos que “hemos cambiado” nuestro futuro o nuestro Destino al optar por una dirección diferente a la que en principio creímos que íbamos a tomar, en realidad no cambiamos nada; pues nuestro Destino era, precisamente, tomar esa nueva dirección.

Por otro lado, y según lo entiendo yo, la Mecánica Cuántica explica que nosotros mismos formamos parte de esa película; que hay muchas copias de la misma, y que lo que nosotros consideramos “pasado” o “futuro” en nuestra película, puede ser el “presente” en otra copia en algún lugar del Universo.

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Teniendo esto en cuenta, me pregunto: ¿y si estas películas tuviesen “observadores”? ¿Querrían, podrían o sabrían comunicarse con nosotros? Y en caso afirmativo, ¿Seríamos capaces de captar sus mensajes? ¿Puede alguien comunicarse con los personajes de una película y que ellos le oigan, como en “La Historia Interminable” de Michael Ende…? 

Quizá estemos recibiendo esos mensajes y no nos demos cuenta; o tal vez sus manifestaciones sean aquellas que hemos convenido en llamar “paranormales”.  O quizá esos “observadores” representen a una civilización infinitamente superior a la nuestra y piensen que no les merece la pena.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.