Dos terribles noticias leo hoy: la extinción definitiva de una especie animal y la inminente posibilidad de extinción de otra.

Nosotros, los seres humanos, que somos el futuro de nuestros antepasados, no sólo no hemos llegado a la cúspide de la civilización, sino que estamos en la época más salvaje que jamás hayamos vivido. Destruyendo, aniquilando, incendiando, contaminando, explotando, derrochando o malgastando los recursos que nos brinda la Naturaleza; y no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo) que con nuestra actitud lo que hacemos es allanar el camino hacia nuestra propia extinción.

En realidad, por mucho que no lo queramos y por muy civilizados que pretendamos ser, seguimos siendo animales. Incluso más salvajes… pues los animales roban, matan, se arrastran o reptan (que no es lo mismo), trepan, pisan a quienes se interpongan en su camino e incluso sodomizan a otros (si eso les reporta algún tipo de beneficio), por instinto de supervivencia. De manera inconsciente. Nosotros, en cambio, hacemos lo mismo conscientemente, sabemos las posibles consecuencias de nuestros actos. La “civilización” no es más que un escenario del que todos formamos parte y actuamos según nuestro rol. Con la civilización buscamos el diferenciarnos de los animales, buscamos desnaturalizarnos, pero en último término todo se reduce a una colosal farsa.

En efecto, estamos allanando el camino hacia nuestra propia extinción. Pero no la de la propia Tierra: a la Tierra aún le quedan unos cuatro mil millones de años de vida. Tendrá tiempo de sobra para restablecerse y curarse a sí misma cuando nosotros hayamos desaparecido. Dejaremos un tumor grande, sí… sin embargo, no seremos capaces de convertirla en una simple roca muerta más vagando por el Universo. Se curará.

Porque cuando el último ser humano exhale su último hálito de vida implorando por un pedazo de fruta o un sorbo de agua, aún quedará algún rincón donde todavía brote la hierba. Y, con paciencia y tiempo, el planeta se recompondrá… de tal forma que en algún momento de un lejanísimo futuro, alguna forma nueva de vida, que ahora no alcanzamos a imaginar, abrirá los ojos y verá, por primera vez en muchos milenios, la luz del sol.

Ahí comenzará de nuevo el ciclo. Acción-reacción. Ley Universal.

Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2016.
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