Mousiké (μουσική) es el término que los griegos empleaban para denominar al “Arte de las Musas”. En este sentido, la Música es tan antigua como el ser humano —el hombre de Neandertal fabricaba flautas con huesos de animales hace cuarenta mil años—. Sin embargo, no ha habido jamás en la Historia una época en la que la Música haya sido tan vilipendiada ni tan prostituida como lo está siendo en los últimos tiempos. La Música es una de las formas de expresión del sentimiento humano más importantes y cuando un autor hace de sus composiciones un puro producto de marketing, lo que hace en realidad es vender su propia alma. La música comercial de los últimos veinte años es bazofia: encendemos el televisor o la radio y no oímos más que vomitivos sonsonetes que parecen haber sido elaborados en una fábrica de galletas. Del “te necesito como al aire”, del “no sé vivir sin ti” o del “ladrón, que me has robado el corazón” no son capaces de salir las privilegiadas mentes pensantes, las cuales no sé qué buen día decidieron que la gente es tonta…

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Flauta hallada en la cueva de Divje Babe, Eslovenia. Pertenece al Hombre de Neandertal (45 000 años).

 

Aunque, para ser sinceros, es verdad que el público también tiene parte de culpa, porque si en un momento dado consume un determinado tipo de música, a las mentes pensantes se les enciende una bombillita y se dedican a fabricar clones de la célula madre, sin ton ni son (nunca mejor dicho): “si A funciona, multipliquémosla hasta la saciedad; y cuando ya todo el mundo esté empachado de A, les daremos B y también la clonaremos, y así sucesivamente”. Me pregunto qué ocurrirá cuando se acabe el abecedario.

El hecho de que el público en general —resultado del fortísimo condicionamiento social al que estamos sometidos— y el joven en particular se decante por un estilo musical que provoca náuseas, es el principal argumento que emplean las mentes pensantes para defenderse: “le damos al público lo que demanda”. A mi entender, esto no es más que palabrería, porque ¿qué va a demandar un público joven que no tiene opción? Si a los jóvenes les ofrecen siempre comida basura, al final termina gustándoles la comida basura. Pero si alguno se niega a tragarse el cutrerío, han de buscarse una alternativa que no le ofrecen, sino que debe encontrar solo (bastante difícil, sin la ayuda adecuada). Y, de repente, se encuentra sumergido en un universo paralelo, ajeno al grupo que baila y canturrea “te necesito como al aire”, “no sé vivir sin ti” o “ladrón, que me has robado el corazón”.

“Música comercial” es un eufemismo sinónimo de “canción galletera”, o sea, un elenco casi infinito de canciones que parecen haber salido del mismo molde o célula madre. Además es fácil de reconocer. Su estructura consiste en:

– una pequeña introducción instrumental,
– dos (quizá tres) estrofas,
– y el estribillo;
– a continuación, otra estrofa,
– un interludio instrumental con el clásico punteo de guitarra,
– y de nuevo el estribillo, que se repite hasta el final.

Normalmente, la canción galletera suele durar entre dos y cuatro minutos, ¡y gracias a que dura sólo eso! Melódicamente indescriptibles, armónicamente pobres, rítmicamente simples y líricamente horrendas. Hay que reconocer que algún que otro arreglo es bueno, pero no es más que un pequeño guiño de los excelentes profesionales que hay detrás de los instrumentos, ésos que nunca salen por la tele, cubiertos de una eterna penumbra, porque quien debe recibir toda la atención es el o la cantante de turno (¿o porque aquéllos mismos exigen permanecer en el anonimato para preservar su dignidad?).

Restringir la Música a un puñado de segundos y a una más que exigua estructura formal es como intentar resumir la Historia del Arte en un folio DIN A4. Desde la perspectiva comercial, para que una canción funcione debe captar la atención del consumidor en los primeros veinte segundos (este hecho está perfectamente estudiado). Que le dijeran eso ahora a Borodin o al mismísimo Wagner, que hablaba de melodías infinitas. O, ya más cerca de nuestra época, imagínense si tal aberración la hubiesen tenido en cuenta los de Queen para componer The Prophet’s Song; o los Dire Straits para Telegraph Road; o Pink Floyd para su Atom Heart Mother.

¡Démosle libertad a la Música! Erradiquemos de una vez por todas la cancioncilla tetraminutada y reconciliémonos con nuestra propia naturaleza, ya que la Música es inherente al hombre. Devolvámosle a la Música su propio lenguaje (originariamente se usó como vehículo de comunicación, incluso antes que la palabra o el lenguaje iconográfico); no la usemos de colchón para las mamarrachadas que se oyen por ahí.

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Detalle de un relieve del palacio de Senaquerib, en Nínive (finales del siglo VIII a.C.). En lugar de un plectro para pulsar las cuerdas, los músicos usan baquetas para golpearlas, del mismo modo a como se tañe actualmente el Dulcimer, por ejemplo.

La Música, por sí misma —y que me perdone el señor Stravinsky, doquiera que esté—, sugiere muchas cosas. Sin menospreciar al texto, la música instrumental deja volar la imaginación del oyente, llevándole a los más ignotos lugares, a los que la letra no llega. En este contexto, el compositor debe tener en cuenta que, si lo que pretende es acotar el universo que está creando, debe usar un título evocador, o bien dotar a su creación con una historia en forma de poema. Es decir, si yo quiero que mi oyente se introduzca en un mundo de hadas y elfos, debo escribir una letra que incluya hadas y elfos. En cambio, si no atribuyo a mi obra un soporte visual o literario, el oyente la entenderá hasta donde le deje su imaginación (que no es poco).

Ejemplo práctico de esto: la Musica Ricercata nº VII para piano de György Ligeti (compositor fetiche de Stanley Kubrik en 2001, Odisea Espacial o en Eyes Wide Shut). La citada obra presenta un ostinato —repetición constante de una secuencia de notas— en la mano izquierda (graves), mientras que con la derecha (agudos) se ejecuta una melodía “saltarina”, tocada casi como si las teclas quemaran, que en principio sólo viene conformada por notas sueltas las cuales van alternándose con acordes a medida que avanza el tema. Por lo extremadamente repetitivo del ostinato (en castellano, “obstinado”), llega un momento en que prácticamente te olvidas de él y sólo atiendes a la melodía.

 

 

La primera vez que la escuché, pensé en un día de lluvia. Las notas de la mano derecha parecían caer como las gotas de agua lo hacen desde una cornisa. A otros compañeros le venían imágenes del cosmos, o de paisajes naturales… Pero Ligeti en realidad no buscaba nada de eso. Simplemente compuso una “sucesión de sonidos” que no pretendía significar más allá de lo estricta y estéticamente musical. Ahora bien, si esta pieza hubiese sido presentada acompañando a una imagen, a una película, o si sencillamente hubiese tenido letra, nadie se habría planteado su significado más allá de lo proyectado por la imagen o por el poema. La música desnuda presenta una sucesión de sonidos objetivos que nosotros interpretamos como nos da la real gana. Representa un significante con infinidad de significados, tantos como receptores subjetivos haya. La música sin letra evoca una suerte indefinida de ideas que trasciende mucho más allá de lo que pueden expresar las palabras.

Claro está, que si usamos la metáfora como recurso, la misma letra nos puede trasladar a varios mundos. La poesía y la literatura deben ocupar siempre un lugar central en el pensamiento del músico y la metáfora es quizá el recurso literario que más se puede acercar a lo excelso de la música, porque puede hacernos viajar, a mi entender, a varios niveles: el significante o literal (que podríamos clasificar como el primer nivel), el semántico del autor (es decir, el mensaje que el propio autor ha querido transmitir) y el significado que finalmente quiera darle el receptor. Aún así, el texto continuará teniendo serios límites, si bien es absolutamente lícito; por lo que no es óbice para que podamos honrar nuestra composición musical con un buen poema, ya propio, ya ajeno.

No obstante, no valen los recursos fáciles, no deben usarse términos demasiado manoseados, ni palabras trilladas, ni hacer rimas con terminaciones verbales, que es lo más cómodo y lo más insípido. Preocupémonos por tratar los temas poéticos con respeto, tratemos temas más profundos. El amor y el desamor están muy bien, pero llega un momento en que se vuelven un coñazo. Hay temas como la Guerra, la Injusticia, la Mitología o la Naturaleza que encierran historias verdaderamente apasionantes y parece que sólo están destinadas a un reducido número de cantautores y otros compositores “alternativos”. ¿Por qué nadie quiere oír la verdad, ni siquiera en forma de canción? ¿Por qué en este mundo cada vez más individualista nadie es capaz de pararse a reflexionar? ¿Es que todo lo que vende ha de ser lo más burdo, lo más soez, lo más ordinario? ¿Está reñida la diversión con el buen gusto?

Ya en el siglo VIII antes de Cristo un poeta cantor llamado Homero explicaba que él contaba sus historias acompañado de su lira para que la gloria de los héroes antiguos nunca quedase relegada al olvido. Él mismo consiguió que la Humanidad siempre le recordase. ¿No es eso lo más importante en la existencia? ¿Qué sentido tiene la vida de un músico, de un poeta, de un pintor o de un escultor, si no es el de permanecer en el recuerdo colectivo por su aportación al Arte?

¡Ah, el Ser Humano! Capaz de crear las más sublimes maravillas para solaz de los sentidos, y al mismo tiempo capaz de masacrar impunemente a sus iguales con la única excusa de enriquecer sus bolsillos… capaz de entregar su vida para salvar las vidas de otros y, al mismo tiempo, capaz de vender su propia alma a cambio de una gloria efímera, que morirá con él y que será barrida y desechada junto a otras escorias del Tiempo.

A Homero se le recuerda después de casi treinta siglos. Si no nos hemos autodestruido dentro de otros treinta siglos, ¿a quién recordarán nuestros descendientes…?

Texto: © Ángel Román Ramírez (2007/2016).
Foto de portada: Arpistas ciegos en el antiguo Egipto. Existe la posibilidad de que en la Odisea de Homero haya influencias egipcias. Una de ellas es el hecho de que uno de los aedos homéricos que canta en los banquetes reales de Feacia (llamado Demódoco), fuese ciego -rasgo que de la misma forma le fue atribuido al propio Homero-, al igual que ocurría en los banquetes de las élites egipcias. Véase J.M. Galán: “La Odisea desde la Egiptología”, en Gerión, nº 19, 2001 (pp. 75-97). Véase también Ángel Román Ramírez (2012).
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Un comentario en “Música comercial: ¿negocio de almas?

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