— ¡Alba! ¡Alba! —gritó, cuando vio que el sol, al fin, huía de oriente, en dirección al cénit.
— Deja de llamarla, es inútil —replicó el ángel custodio.
— Pero ¿por qué? ¡No quiero que se vaya! Ella es la razón de mi existencia, es el motor que mueve mi corazón. ¿Por qué no puedo retenerla? ¿Por qué no puedo tenerla conmigo siempre?
— Porque no eres eterno.

El texto contenido en este post está protegido por derechos de autor. © Ángel Román Ramírez (2015-2016).

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