Intro para Anexos

Caminaba montaña arriba por un angosto pasillo adornado de rocas de todos los tamaños, musgo y arbustos. A su izquierda, la pared de la montaña; a su derecha, vacío. El camino era tan estrecho que apenas si podía unir los pies. Sólo había espacio para colocar uno detrás del otro. No había opción para descansar. La única alternativa era seguir caminando.

Llevaba siglos subiendo. O, al menos, eso le parecía. Tan pronto llovía como comenzaba a nevar; tan pronto salía el sol como se ocultaba, y a veces era tan insoportable el calor, que creía desfallecer. Sólo su objetivo, el fin que pretendía, le ayudaba a continuar.

Era el suyo un andar pesado ―ya hacía tiempo que no se detenía―, pero estaba seguro de que jamás contemplaría paisajes como los que tuvo la oportunidad de ver allí: el verde de las copas de los árboles sólo se veía interrumpido por un plateado río que surcaba el valle de punta a punta; flores de todo tipo amenizaban sus pasos, para solaz de sus sentidos; y olores, colores, sabores y texturas infinitas completaban el elenco de sensaciones que podía llegar a percibir, dándole la impresión de que, por tener sólo cinco sentidos, se perdía otras muchas cosas.

Sus fuerzas comenzaban a flaquear cuando pudo vislumbrar a lo lejos un tenue haz de luz. En principio imaginó que sería un reflejo del Sol, pero cayó pronto en la cuenta de que la posición en la que estaba el Sol en aquel momento ―a punto del ocaso― no era la idónea para que tal reflejo tuviese lugar. Entonces su curiosidad se hizo, si cabe, mayor: ¿de dónde provenía ese pequeño rayo de luz, el cual, si bien sutil, causaba cierta molestia a los ojos? Continuó con más brío su ascenso. Ya su interés devino casi vital.

Al poco tiempo se dio cuenta de que ese haz de luz provenía de lo más alto de una colina. Supo entonces que ya estaba cerca de la cima, que su camino había concluido. Ahora la incertidumbre se cernía sobre él: ¿habría valido la pena tanto esfuerzo? Tanto tiempo buscando sin hallar, ¿tendría al fin su recompensa…?

A medida que se acercaba a la fuente de donde procedía la luz, ésta se hacía cada vez más intensa. Observó que, en el centro del destello, procedente de aquellas colinas, podía apreciarse una figura humana. ¿Quién en la Tierra podría ser capaz de emanar energía de tal manera?

Permaneció absorto durante un rato y cuando reaccionó no se le ocurrió otra cosa que gritar: «¿Quién eres?» La silueta, de repente, comenzó a caminar hacia él. Sin embargo, a medida que se acercaba, la luz iba desapareciendo, de forma que sus ojos humanos pudiesen ver con más precisión aquella figura.

La silueta tomó aspecto de mujer. A medida que se acercaba a él, sonreía del modo más maravilloso que jamás hubo tenido la oportunidad de contemplar. Ella extendió su mano cuando ya se encontraban a escasos metros. Y cuando él pudo tocar aquella piel, le sobrevino una sensación de infinita felicidad. Sintió cómo sus mermadas fuerzas se recuperaban y fue tanto el estremecimiento que surcó su cuerpo, que no pudo hacer otra cosa que arrodillarse a sus pies. Pensó por un instante que estaba viendo a Dios (en este caso, Diosa).

―Te he buscado durante toda mi vida ―dijo. 
―Aquí me tienes, ya me has encontrado –respondió la Diosa. Acto seguido, con un gesto de la mano que sostenía la de él, ella le invitó a incorporarse.

Él la miró embargado de felicidad. Y en ese momento, lo único que se le ocurrió preguntar fue:

― ¿Cuál es tu nombre?

A lo que ella respondió:

―Tú ya sabes quién soy. Siempre lo has sabido, porque yo soy tú y tú eres yo. A partir de ahora no debes preocuparte por nada. Has llegado al final del camino. Ya no volverás a andar nunca más solo.

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

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