Intro para Anexos

Soy adicto a la catarsis. 

«Catarsis» es una palabra que procede del griego κάθαρσις (kátharsis), la liberación de alguna impureza, a través de determinados ritos. Y quien dice «impureza», puede decir también «suciedad» en lo más profundo (o no tan profundo) de nuestra alma. 

Catarsis es purificación. Catarsis es despojarse, limpiarse de arriba abajo toda la inmundicia que cubre, como una película de gelatina, la mente, el Yo interno (que poca gente, o nadie, conoce realmente). En definitiva, el espíritu. 

La catarsis no sólo es conveniente: es necesaria. Vital para todos seres humanos. Si no nos desinfectamos de toda esa porquería que de vez en cuando nos invade, iremos acumulando y acumulando, y acumulando… hasta que la bola de mierda sea tan grande, que en buen número de ocasiones terminará afectando de forma permanente al individuo que la padezca. Y no sólo espiritualmente; también desde el punto de vista físico. 

La catarsis puede servirnos de muchas y variadas maneras. A muchos les sirve en forma de ejercicio físico; otros ponen tierra de por medio, desapareciendo durante una temporada; a otros se les aparece representada como una bonita melodía, ya sea escuchada o tocada; otros la encuentran en el interior de una botella; otros se la fuman; otros pueden hallarla en la consulta de un psicólogo, en ejercicios de relajación, tipo yoga; en forma de café, en una mesa, junto a unos amigos, o con forma de abrazo, o de besos de tu pareja, padres, hermanos… La pose horizontal con la pareja es un buen remedio también para dar con la catarsis. Otros muchos la descubren escupiendo por los ojos toda esa basura acumulada. Es más, hay incluso quien la encuentra en todas las manifestaciones anteriores. No importa. El caso es que, sea como sea, la catarsis debe ser hallada, independientemente de la opción que escojamos.

Sin embargo, nada de lo anterior es efectivo si no lo sabemos asimilar. Es decir, la catarsis es un viaje hacia dentro. Es inclinar tu cabeza hasta la altura de tu ombligo y penetrar en tus entrañas a través de él. La catarsis es ataviarse de una buena cantimplora y un par de bocadillos, de esos de barra, y empezar a andar por esos sinuosos caminos de piso blando, que son los intestinos, para llegar —quién sabe cuánto tiempo después— al estómago. Y, una vez allí, empujar muy fuerte el diafragma, para que el grito de furia salga impulsado por la garganta con toda la fuerza que seamos capaces de provocar; tanta intensidad, que nuestros más oscuros demonios, escondidos entre la mierda, lleguen a taparse los oídos. Que se asusten tanto, que salgan despavoridos; ellos, los demonios. Los mismos que nos provocaron el miedo.

La catarsis es una llamada de teléfono y una vocecilla al otro lado que lo descuelga y te oye llorar al empezar la conversación… Y lo cuelga con la satisfacción de haberte dejado sonriendo.

Yo soy adicto a la catarsis.

La música y el texto contenidos en este post, así como las imágenes (excepto la ‘destacada’), están protegidos por derechos de autor.© Ángel Román Ramírez (Creative Commons, D.L. BI-765/2016 y SGAE), 2016.

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