Cuando creía haberlo visto todo.

Cuando creía haberlo visto todo.

Me contaron ese cuento de las mariposillas en el estómago. Me contaron y cantaron tantas veces eso de «Yo sin ti no sé vivir», «Qué será de mí sin ti», «Qué bonito es el cielo azul junto a ti», y las puestas de sol, y los riachuelos por llanuras verdes, y las florecillas en el campo, que si «la rosa es roja y la violeta azul» (¿la rosa es roja o es rosa? ¿Por qué la llaman violeta, si es azul…?).

Lo que no me contaron es cómo dos personas pueden llegar a unirse y formar un ente superior mucho más grande y poderoso que un simple par. No me contaron que más allá de la puerta que me aísla del exterior existe una persona que, cuando se une a mí o yo me uno a ella, nuestras curvas se complementan, al igual que las piezas de un rompecabezas. No me contaron que antes de que yo diga algo, esa otra parte ya lo está pronunciando con la boca… y viceversa. No me contaron que, en muchas ocasiones, sólo el cruce de miradas dice mucho más que tomos y tomos de letras vomitadas por quienes escriben esos soniquetes a los que me refería antes. No me contaron que, con sólo escuchar el gemido de mi otra parte, toda mi sangre fluye como torrentes salvajes. No me contaron que cuando yo creía haberlo visto todo, no tenía ni la más remota idea de que no sabía absolutamente nada. No me contaron que uno es capaz de llorar de risa y de tristeza a partes iguales, pero que las lágrimas de alegría se quedan hasta el punto de poder nadar en ellas, mientras que las de tristeza se evaporan en segundos. No me contaron que, en verdad, existe ahí afuera un ser vivo por el que sería capaz de entregar mi vida. 

Sin embargo, doy gracias de que nadie me lo contara. Porque no hay nada tan placentero como descubrir todo eso por uno mismo.

 

Ángel Román Ramírez.

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Silencios que matan.

Silencios que matan.

“Ha pasado un ángel”. Es lo que se suele decir cuando un silencio incómodo irrumpe entre los protagonistas de alguna conversación. Suele ocurrir entre personas que más o menos se conocen, pero entre las que no existe la confianza suficiente como para asumir ese silencio de manera natural. Siempre me ha hecho gracia la frasecita de marras, no por lo evidente, sino por la obligada bromita, en absoluto original (por lo evidente), que hace alusión a mi nombre.

La frase no es graciosa, por supuesto; quienes me hacen gracia (más por lástima que por otra cosa) son los que acaban soltando el chascarrillo, como si acabaran de inventarse un chiste.

Hablando de silencios incómodos, también están los silencios de ascensor. Esos en los que, cómo no, se rompen con alguna alusión al tiempo meteorológico. De alguna forma, estos silencios hoy día quedan solapados gracias a los teléfonos móviles. Tras el “Buenos días / Buenas tardes / Buenas noches, ¿a qué piso vas?”, se echa mano del teléfono y problema resuelto. Muy útil el aparatito para situaciones en las que vemos invadido nuestro espacio vital, o incluso para personas tímidas. O antisociales.

Silencios hay de muchos tipos. Sería absurdo intentar enumerarlos todos… pero vamos, que son típicos el silencio de iglesia, el silencio de hospital, el silencio de sala de cine (¿ese existe?), el silencio de negra, blanca, redonda…; el silencio de la indiferencia, el silencio que sigue al acto sexual… Por cierto, este último es muy sensible: no es lo mismo un silencio de “termino y me doy la vuelta para dormir” que un silencio en plan “me quedo mirándote porque me has hecho la persona más feliz de la Tierra”. El primero es un silencio de mierda. El segundo, es el silencio más bello de todos.

También está el silencio de la muerte. Y también hay silencios que, directamente, matan.

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Ángel Román (Un Bardo en Tartessos), 2017.

 

 

Añoranza.

Añoranza.

…Y recién empezada la sobremesa, me senté junto a ella. La miré a los ojos y le pregunté:

—¿Es posible echar de menos cosas que nunca existieron o es mero arrepentimiento por no haberlo usado en su único y exclusivo momento…? Porque yo a veces echo de menos palabras que no te dije, besos que no te di, risas que no te provoqué o lágrimas que no te sequé. Y me arrepiento de no haberte dicho, dado, provocado o secado… Porque —continué— habrá muchas más palabras, muchos más besos, muchísimas más risas… y también más lágrimas (ojalá no fuera así); pero las que no te dije, ni te di, ni te provoqué o sequé, se gastaron en su momento. No tienen fecha de caducidad, se perdieron justo en el instante en que no se dijeron, dieron, provocaron o secaron. —Y, a continuación, insistí: —¿Puede echarse de menos algo que nunca existió?

—Sí —respondió ella.

© Ángel Román Ramírez (29/11/2017).

Una Canción hecha Mujer.

Una Canción hecha Mujer.

La sinestesia es ese don (yo lo llamo así) que algunas personas tenemos la suerte de poseer, consistente en que ante determinados estímulos, en principio inexistentes, el cuerpo reacciona como si éstos ocurriesen realmente. Por ejemplo, recordar un determinado sabor u olor y notar ese sabor en la boca o ese olor en la nariz, de la misma manera que si lo hubiésemos probado u olido justo en ese momento.

En mi caso, la sinestesia se manifiesta en los sonidos, como  les ocurría a Rachmaninoff, Scriabin, Rimsky-Korsakov o Messiaen, por ejemplo: cuando escucho determinados sonidos, mi mente proyecta imágenes y colores. Scriabin llegó a diseñar el teclado de un piano con los colores que él “veía” según la nota que sonase. Yo también tengo mi propia escala de colores, los “veo” desde que era muy pequeño. Hasta que no fui adulto y me surgió la curiosidad por investigar sobre el tema, no supe que se trataba de un don.

Pero es que al revés me ocurre también, es decir, puedo llegar a “escuchar” música partiendo de los sonidos, las sensaciones, las formas o los dibujos menos esperados. Esta percepción es la más normal: se llama inspiración.

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No obstante, contigo es diferente. Contigo es una canción que componemos entre los dos, interpretada a dúo: hay momentos en que ambos cantamos al tiempo, interpretando cada uno su voz; otros en los que yo hago el solo y tú contestas a contratiempo; también tienes tus solos y yo, siguiendo las leyes de la armonía, hago de apoyo a tu melodía.

Por otro lado, hay momentos de silencio en los que el protagonismo lo toman los instrumentos, momentos de descanso de las voces, cuyo relevo asumen las cuerdas y los instrumentos de piel… de repente es como si tú misma fueses la propia Música. La Música se transfigura en ti, de manera que no sólo la escucho o la “veo”, sino que también la huelo, la toco e incluso la saboreo. Si la Música pudiese percibirse con los cinco sentidos, es decir, si tuviese un aspecto, un olor o un sabor concretos, serían los que tienes tú. Los que tú me muestras.

Y es que ya no puedo describirte con palabras. Las que usualmente se emplean para expresar sentimientos, han sido ya demasiado malgastadas por el Tiempo. No son suficientes…

Entonces mi mente “inventa” nuevos recursos para poder comprender lo que está experimentando… y la Música toma la forma de tu cuerpo.

© Ángel Román Ramírez (22/11/2017).

 

 

Cielo o Infierno: tú eliges.

Cielo o Infierno: tú eliges.

A veces me da por pensar si, cuando la gente muere, trasciende a otro plano dimensional (quizá holográfico, según la teoría cuántica), donde continua haciendo su vida normal, creyendo que el día en que llegó su hora no murieron.

Por ejemplo: una persona va conduciendo y, de repente, tiene un accidente en el que pierde la  vida. En la realidad común —llamémosla así—, sus familiares, amigos y allegados lloran su pérdida, le ofician un entierro y le recuerdan con anécdotas y fotos. Sin embargo, esa persona experimenta una percepción distinta: los frenos sí funcionaron, o pudo esquivar al coche que venía de frente… o, en el peor de los casos, luchó por su vida en el hospital hasta que salió de él por su propio pie.

A partir de ese momento, esta persona vive en una dimensión diferente, quizá paralela a la  común, sin saber que está muerta y sin posibilidad alguna de saberlo. Es decir, más o menos la misma idea en la que consiste la cinta de Alejandro Amenábar, Los Otros; o la de M. Night Shyamalan, El Sexto Sentido (curiosamente estrenadas ambas casi al mismo tiempo y suscitando en mí la curiosidad de quién “copió” a quién… pero que, si no fuera el caso, bendita casualidad).

Si esta circunstancia fuese tal cual, el “Cielo” o el “Infierno” nos los provocaríamos nosotros mismos. Nuestra buena suerte o nuestros pesares dependerían de nuestra propia personalidad, de tal forma que nosotros mismos seríamos los únicos responsables de nuestra nueva realidad.

Sin embargo, ahora que lo pienso, no hace falta hacer tanta elucubración mística. Estemos vivos o no, seamos conscientes o no de nuestra existencia, el hecho de que la vivamos plenamente o como un mero tránsito hasta la muerte, depende sólo y exclusivamente de nosotros mismos y de cómo afrontamos los factores externos.

Un sólo segundo es suficiente entre estar aquí o no. La vida dura un segundo. De ti depende cómo  aprovecharlo.

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Texto: Ángel Román Ramírez (Un Bardo en Tartessos), 2017.

Asteroide.

Asteroide.

El Asteroide, atraído por la majestuosa Tierra, se acercó a ella. No obstante, la Tierra pronto le rechazó:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un planeta con un satélite sobre el cual ejerzo mi poder?

El Asteroide, triste, se alejó de ella. Tiempo después vio al Sol. Cuando quiso acercarse a él, éste dijo:

—Fuera de aquí, pequeñajo. ¿Qué pretendes? ¿Acaso no ves que yo soy un Astro con un poder tan inmenso que todos estos planetas dependen de mí…?

Contrariado, el Asteroide siguió su curso. Mucho tiempo después, comprobó que el Sol no era más que un ínfimo punto de luz que se confundía entre miles de millones de otros soles dentro de la Galaxia, de la que todos ellos dependían. Y no solo comprobó eso: también se dio cuenta de que aquella Galaxia era más bien mediocre en comparación con otras galaxias que vagaban por el Universo.

Esbozando una leve sonrisa en la cara, el Asteroide continuó viajando, como siempre lo había hecho y como siempre lo seguiría haciendo, hasta el final de los tiempos. Él no tenía el «poder» que tenían los demás astros del Firmamento… Pero sí tenía algo de lo que ellos carecían: la Libertad.

© Ángel Román Ramírez (17/03/2013).